El aborrecible asesinato del alfabetizador Manuel Ascunce Domenech y su alumno Pedro Lantigua dolerá para siempre a los cubanos. !Qué bárbaros fueron aquellos que los capturaron y torturaron salvajemente para al final quitarles sus vidas!
En el discurso del 22 de diciembre de 1961 en la Plaza de la Revolución José Martí, cuando se proclama ante el mundo que la nación ya es territorio libre de analfabetismo, el Comandante en Jefe Fidel Castro refiriéndose a estos hechos expresó: ¡Qué vergüenza para el imperialismo, que trató de ahogar en sangre esta noble cruzada de nuestro pueblo!
Y proseguía: ¡Qué vergüenza para el imperialismo, que en medio de la cruzada nos atacó! ¡Qué vergüenza para el imperialismo, cuyos esbirros a sueldo asesinaron maestros, asesinaron brigadistas Conrado Benítez y asesinaron brigadistas obreros! ¡Patria o Muerte! ¡Qué vergüenza para el imperialismo la mancha de sangre que constituyó el crimen de Conrado Benítez, la mancha eternamente ignominiosa de sangre y de cobardía que constituyó el asesinato de Manuel Ascunce…!”
La frase “Yo soy el maestro”, quedará para siempre en la historia de la nación cubana por la fuerza, valentía y decisión, pronunciada por el joven alfabetizador Manuel Ascunce Domenech, quien con solo 16 años de edad asumió la responsabilidad que tenía en esos momentos de llevar la luz del saber a los iletrados de la zona montañosa del Escambray.
Fue el 26 de noviembre de 1961 en Limones Cantero, finca Palmarito, donde resultaron asesinados a manos de los bandidos Braulio Amador Quesada, quien fuera el principal ejecutor, y resultara ajusticiado tres meses después al igual que Pedro González Sánchez, y Julio Emilio Carretero Escajadillo.
Cuentan testigos presenciales de los asesinatos que al presentarse en la vivienda del humilde campesino, los bandidos miraron con detenimiento al adolescente al decir: Y ese ¿quién es?, ! Yo soy el maestro! respondió con valentía el brigadista, cuyas palabras incitaron la sed de odio y sangre de los contrarios, que cometieron de la forma más brutal y cobarde el alevoso crimen contra los dos hombres indefensos.
Manuel Ascunce nació el 25 de enero de 1945 en la antigua provincia de Las Villas, de donde se traslada a temprana edad con la familia para La Habana, aunque al decir de su hermana Marilola, Manolito siempre añoraba las vacaciones para regresar a su ciudad natal a jugar pelota, a las bolas, cazar tomeguines a la orilla del río, y tirarse en yagua de los acantilados.
Durante la Campaña de Alfabetización no vaciló en separarse del hogar para marchar adonde fuera necesario. “Era apenas un niño” —como dijera Fidel—, “que además había sacrificado sus vacaciones, y llegaba hasta allí, igual que otros miles de adolescentes y de jóvenes, la mayoría hijos de la clase obrera”.
En pocos meses Ascunce se ganó el cariño de la familia que lo consideraba un hijo; él compartía las labores agrícolas y los ayudaba en todo lo necesario; los que lo conocieron afirman que era amable con todos y estaba siempre presto a ayudar. De noche a la luz del farol, los enseñaba a leer y a escribir.
Fue imponente el cortejo fúnebre, el 27 de noviembre, encabezado por el Jefe de la Revolución, lo cual coincidió con el aniversario 90 del fusilamiento de los ocho estudiantes de medicina, en 1871.
El 26 de diciembre de 1961 se develaron en la secundaria básica América, donde él estudiara, el busto y la tarja que la convirtieron en la escuela secundaria básica Manuel Ascunce Domenech, en recordación a quien murió asesinado por enseñar a leer y a escribir.


