El próximo 9 de mayo se cumplirán 70 años de la derrota del fascismo en Europa, paso fundamental antes de la derrota de Japón y la posterior finalización del conflicto con la rendición incondicional del Imperio el 2 de septiembre de 1945. A rememorar una etapa que marcó para siempre el destino de la humanidad, va dedicada esta serie de trabajos.
El 28 de junio de 1919, exactamente cinco años después del asesinato del Archiduque Francisco Fernando de Austria y de la guerra más devastadora que hasta entonces había conocido la humanidad, en el Palacio de Versalles se selló la paz que dio fin oficialmente al conflicto.
Los vencedores de la contienda (Francia, Gran Bretaña, Italia y Estados Unidos) estaban decididos a aplastar de todas las formas posibles a una Alemania que se había mostrado como una amenaza desde mediados del siglo XIX, por su amplio poderío industrial y militar, además de su sed de expansión territorial propiciada por una tardía llegada al reparto económico del mundo.
Así, con esta firma, Alemania, Austria, Hungría y el Imperio Otomano quedarían sometidos a la arbitraria voluntad de los ganadores, quienes se arrojaban, como siempre, el exclusivo derecho de escribir la historia… y analizando el futuro, las consecuencias del Tratado serían nefastas.
Sobre todo Alemania resultó brutalmente cercenada y sobre cargada con contribuciones de guerra. La ambición francesa e inglesa de despojar a los germanos de sus pocas posesiones coloniales se vieron satisfechas cuando reclamaron para sí las colonias alemanas en África, así como otras regiones de vital importancia para este país dentro de Europa. Militarmente, Alemania fue obligada a reducir su ejército a solo 35 mil efectivos, además de prohibírsele poseer una flota de guerra y fuerza aérea.
Económicamente, sólo Alemania fue obligada a pagar enormes contribuciones por concepto de reparaciones de guerra, quedándose prácticamente sin flota mercante (al ser reclamados sus buques por los aliados para compensar las pérdidas de la guerra submarina) y dedicando casi toda su producción vacuna y de carbón a entregarla a los vencedores.
Quizás para los aliados parecía justo. Y hasta cierto punto lo era. Alemania jamás intentó detener a Austria en sus ambiciones expansionistas en los Balcanes e igualmente veía la guerra como único modo para hacerse de más territorios, incluso si eso incluía arrebatárselos a sus enemigos. Pero el monto de las reclamaciones de los aliados y la manera de ponerlas en práctica, quizás fue excesiva.
Este, y no otro, fue el factor fundamental del ascenso del nazismo. Adolfo Hitler supo aprovechar muy bien el descontento existente en el país y prometía justo lo que todos deseaban: educación, trabajo, bienestar y sobre todo el regreso de Alemania a planos estelares dentro de Europa y el mundo.
Quizás lo más llamativo de este período fue como, en un lapso menor de 15 años y luego de sobrevivir a una crisis económica devastadora, los aliados, principales encargados de velar por el devenir alemán, permitieron que ella se re-militarizara y violara sistemáticamente todo lo establecido en la Paz de Versalles. Simple: el plan era utilizar al nuevo estado agresivo y sediento de venganza como punta de lanza contra la Unión de Repúblicas Socialistas Soviética (URSS).
De esta manera, Francia, Gran Bretaña y Estados Unidos canalizaban regularmente los ataques de rabia de Hitler y sus acólitos contra Stalin, dejándole hacer al primero y empujándolo hacia el este buscando que la maquinaria de guerra nazi no se volviera hacia occidente.
Solo había un problema: Hitler no pensaba igual. Luego de valerse a su antojo de las prerrogativas aliadas y del “dejar hacer”, cuando hubo re-ocupado algunos de los territorios que les fueron arrebatados en 1919 y luego de hacerse con el control de Austria y Checoslovaquia, Hitler firmó con la URRS el Pacto de no agresión y se preparó para el golpe final, que lejos de representar el fin, solo suponía el inicio de otra era de oscuridad: la invasión a Polonia.

