Estudiantes: palabra clave para la historia de un 27 de noviembre en Cuba

Fusilamiento de los ocho estudiantes de medicina. Foto: Archivo Radio COCO

Fusilamiento de los ocho estudiantes de medicina. Foto: Archivo Radio COCO

Una fecha salta a mí vista en textos e imágenes del calendario: 27 de noviembre de 1871; La Habana como siempre se prepara para el homenaje; escudriño en la historia, cientos de páginas me devuelven cuán hondo caló la pretérita acción en el alma de la Patria, le hirió tanto que no es posible el olvido.

Estudiantes: palabra clave para mi búsqueda sobre el histórico acontecimiento que trajo consigo también actuales titulares, otros hechos, que poco dictan, en esencia, de la pasada barbarie colonial en la Isla, solo que en estos los verdugos tienen sus víctimas en otra geografía; leo uno de ellos: México (7 de noviembre de 2014): confiesan que fueron incinerados y enterrados los 43 estudiantes desaparecidos. Primero fueron detenidos por la policía, luego entregados al crimen organizado…

El sentimiento solidario reafirma mi pertenencia a Latinoamérica, y evidencia las razones de Cuba para defender a toda costa su independencia, la sociedad que construimos; pensando en ella vuelvo sobre la prédica del Maestro, imposible obviar la dolorosa visión martiana sobre los hechos que hoy recordamos: el fusilamiento de los ocho estudiantes de medicina a manos del colonialismo español.

Son los versos escritos por José Martí a sus hermanos muertos, los que me transportan con su emoción a La Habana de aquel día… a sentir como una cubana de época, o patriota de hoy, lo que ese día sufrieron las madres, novias o hermanas de los ocho inocentes llevados al cadalso.

Narra la historia que poco antes de las cuatro de la tarde llevaron a la capilla los estudiantes, con las manos esposadas y un crucifijo entre ellas. Fue allí donde pudieron dejar sus últimos mensajes a familiares y amigos. Luego son llevados hasta la explanada de La Punta, frente al Castillo de los Tres Reyes del Morro, sitio en el fueron obligados a arrodillarse de espaldas al pelotón de fusilamiento, dirigido por el capitán de voluntarios Ramón López de Ayala.

Se cuenta que cuando comenzaron a estallar las descargas de fusilería eran justo las 4:20 p.m. del 27 de noviembre de 1871, fueron cuatro descargas en total, por cada una de ellas caían dos de los estudiantes de Medicina, injustamente condenados a muerte por la falsa acusación de profanar la tumba de quien era un símbolo de la ultra derecha reaccionaria española, Don Gonzalo Castañón Escarazo, exdirector del periódico anticubano La Voz de Cuba.

Aquellos adolescentes y jóvenes inocentes, a quienes se le segaba la vida, eran los estudiantes de primer año de medicina: Ángel Laborde y Perera, de 17 años; Carlos Verdugo y Martínez, 17 años; Anacleto Bermúdez y González de Piñera, 20 años; José de Marcos y Medina, 20 años; Juan Pascual Rodríguez y Pérez, 21 años; Carlos Augusto de la Torre y Madrigal, 20 años; Eladio González y Toledo, 20 años y Alonso Álvarez de la Campa y Gamba, 16 años.

Cuando reflexionamos sobre este hecho salta a la vista que no fue solo consecuencia de la condición sanguinaria del gobierno colonial, porque el suceso se produce cuando las armas cubanas alcanzaban importantes victorias en los campos de batalla contra las fuerzas españolas, la fiera estaba herida…

El inmoral juicio y condena era parte del estado de cosas en la Cuba que luchaba por su independencia; no importarían los nombres de las víctimas para el escarmiento, aunque la juventud universitaria sería para la metrópoli blanco aleccionador, pues el centro de altos estudios fue siempre forja de patriotas.

El acto sería más despreciable cuanto más se demostraba la inocencia de las víctimas; la más plena confirmación de ello se produjo en 1873 cuando el hijo menor de Gonzalo Castañón, Fernando Castañón, de 26 años, vino a La Habana y examinando la tumba de su padre, afirmó que el sepulcro nunca había sido dañado.

Y vuelvo al más grande cronista de su tiempo: el fusilamiento de los estudiantes de medicina para José Martí alimentó la inquebrantable decisión libertaria de los criollos contra el yugo español; el 26 de noviembre de 1891, cuando pronuncia en Tampa su conocido discurso Los Pinos Nuevos, se refiere al suceso, entre otras, con estas palabras:

“Del crimen ¡ojalá que no hubiera que hablar! Háblese siempre (…) del oro rebelde que en el pecho cubano solo espera la hora de la necesidad para brillar y guiar, como una llama. ¡Así, luces serenas, son en la inmensidad del recuerdo de aquellas ocho almas!

“No siento hoy como ayer romper coléricas al pie de esta tribuna, coléricas y dolorosas, las olas de la mar que trae de nuestra tierra la agonía y la ira, ni es llanto lo que oigo, ni manos suplicantes las que veo, ni cabezas caídas las que escuchan, ¡sino cabezas altas! Y afuera de esas puertas repletas, viene la ola de un pueblo que marcha. ¡Así el sol, después de la sombra de la noche, levanta por el horizonte puro su copa de oro!”

Así marchan ahora cada 27 de noviembre los pinos nuevos de esta Revolución, cuando los estudiantes parten de la escalinata de la Universidad de La Habana y avanzan en masa por la calle San Lázaro hasta Prado y Malecón, y se reúnen en La Punta, seguros de sus derechos, para ratificar el compromiso de la juventud cubana de defender la patria frente a cualquier agresión que amenace nuestra libertad.

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