Para secundar el alzamiento de Carlos Manuel de Céspedes del 10 de octubre de 1868, un grupo de habaneros protagonizaron un hecho insurreccional que quedó registrado en la historia como el Grito de Luyanó.
Al difundirse en La Habana la noticia de la clarinada de La Demajagua, los ánimos de patriotas residentes en la ciudad comenzaron a caldearse por sus anhelos redentores.
Entre ellos se encontraba Francisco Lufriu Arrogui, joven de 21 años quien, al conocer la noticia, se sintió compulsado a sumarse a la contienda y esa tarde, conversando con su amigo Carlos Trista, le confesó su intención.
Ambos concertaron entonces asistir esa noche a la morada de Ana Téllez, en la calle San Lázaro esquina de San Nicolás, en el actual municipio de Centro Habana, donde se congregaban varios cubanos dirigidos por Agustín Santa Rosa, quien a espaldas del movimiento insurreccional existente, proyectaba un levantamimiento revolucionario en occidente y con ese fin afiliaba a cubanos y recababa armamento.
En una casa en la calle Estrella, también en Centro Habana, se guardaban armas suficientes para equipar a 50 combatientes. Santa Rosa, tan pronto contó con la adhesión de 12 hombres, dispuso la fecha de la primera acción bélica.
Decidieron darse cita en la finca que poseía en la zona de Luyanó la señora Asunción Garay y, al grito de independencia, lanzarse a la toma del cuartel de la Guardia Civil que existía en la barriada del Cerro, para retar así, a las puertas de La Habana, al poder español con la afluencia de miles de hombres que la fantasía delirante de Santa Rosa soñaba y prometía.
El 2 de noviembre de 1868, 23 días después del alzamiento de Céspedes y dos antes del de Camagüey, los complotados se trasladaron en varios coches a Luyanó. Eran Pedro Díaz Ubiarreta, José Agramonte Piña, Emilio Batlo, José Miguel Nin Pons, José Camer, Carlos Trista, Miguel González, Tomás Thomson, José Cintras Garay y Francisco Lufriu.
No pudiendo contenerse, uno de los comprometidos, Arístides Rodríguez, gritó “¡Viva Cuba libre!” al acercarse a la entrada de la finca, lo que dio lugar a un alboroto que puso al descubierto la conspiración.
Ante el temor de una delación y al ver que Santa Rosa no aparecía con las fuerzas que había prometido, decidieron dispersarse para evitar ser aprehendidos.
Lufriu Arrogui había sido designado para proteger las armas que deberían llevarse al lugar del alzamiento, pero, al no ver aparecer al líder de la conjura, decidió trasladar los pertrechos a la casa de la señora Téllez.
Así concluyó aquel conato de alzamiento guiado por los anhelos libertarios de los patriotas habaneros, pero frustrado por la desorganización y la falta de previsión.
(Fuente: EcuRed)

