Ignacio Agramonte, símbolo de patriotismo

Ignacio Agramonte. Foto: Juventud Rebelde

Ignacio Agramonte. Foto: Juventud Rebelde

La figura de Ignacio Agramonte y Loynaz llega hasta nuestros días como el paradigma a imitar por las nuevas generaciones. Mayor General del Ejército Libertador cubano fue reconocido como “El Mayor”.

Fue uno de los líderes más sobresalientes de la Guerra de los Diez Años. Organizó la célebre caballería camagüeyana, al frente de la cual alcanzó grandes victorias contra las tropas colonialistas españolas.

En los tres años y medio de su vida militar participó en más de 100 combates. Como jefe supo combinar los principios de la táctica con la lucha irregular en las condiciones de las extensas sabanas de Camagüey, fundamentalmente con el empleo de la caballería. Llegó a establecer una sólida base de operaciones en ese territorio y prestó especial atención a la preparación militar y general de los jefes y oficiales, para lo cual creó escuelas militares como la de Jimaguayú, según afirman documentos consultados.

Tratado con cariño y respeto por sus subordinados con el sobrenombre de “El Mayor”, impuso estricta organización y disciplina a sus tropas. “El Bayardo”, sobrenombre con el que pasó a la historia, constituye un símbolo de gallardía, patriotismo y valor. Los veteranos de la guerra de independencia siempre llamaron a Agramonte: “Paladín de la vergüenza” y “Apóstol inmaculado”.

Nació en una casona marcada con el número cinco de la calle Soledad, en la ciudad de Puerto Príncipe (hoy Camagüey), el 23 de diciembre de 1841 en el seno de una familia criolla ilustre y rica de esa región del país. Su padre fue el Licenciado Regidor Ignacio Agramonte y Sánchez-Pereira, que tenía uno de los mejores bufetes con mucho prestigio profesional, y su madre Filomena Loynaz y Caballero.

Sus primeros estudios los realizó en su ciudad natal, con el profesor de origen peninsular Gabriel Román Cermeño, hasta la edad de 11 años, y tras una breve estancia en el colegio El Salvador en La Habana, parte hacia Barcelona para ingresar en el colegio de Isidoro Prats, donde cursó tres años de Latinidad y Humanidades.

Ya para 1855 inició los estudios de Elementos de Filosofía, en opción al título de Bachiller en Artes, en el Colegio de José Figueras. Ambos centros estaban incorporados a la Universidad de Barcelona, donde matriculó en 1856.

Al año siguiente regresó a Cuba y, tras unas breves vacaciones en su Camagüey natal, comenzó la carrera de Derecho en la Universidad de La Habana, siguiendo una línea profesional sostenida por los Agramonte. En el centro de altos estudios, se gradúa primero como Licenciado en Derecho Civil y Canónigo, en junio de 1865.

Fue en el antiguo convento de Santo Domingo donde, el 22 de febrero de 1862, en un ejercicio académico sabatino, en varios momentos de su intervención aludió al régimen español, a la falta de libertades, de derechos y de justicia, indicando en su parte final la necesidad “de un cambio revolucionario de la sociedad en Cuba”.

Esta disertación es considerada un discurso revolucionario. Antonio Zambrana, testigo de aquel acontecimiento, recordaba después: “Aquello fue un toque de clarín. El suelo de todo el viejo convento de Santo Domingo, en el que la Universidad estaba entonces, se hubiera dicho que temblaba. El catedrático que presidía el acto dijo que si hubiera conocido previamente aquel discurso no hubiera autorizado su lectura”.

Tras concluir sus estudios Agramonte decidió poner en práctica los conocimientos adquiridos, para ello vivió algún tiempo en La Habana, donde fungió como juez de paz del barrio de Guadalupe y ejerció su profesión en esa ciudad, en el bufete de Antonio González de Mendoza; y desde mediados de 1868 en Puerto Príncipe, luego de su regreso.

Muy pronto muestra sus dotes de dirigente político al enfrentarse en la reunión del paradero de “Las Minas” a Napoleón Arango y sus seguidores el 26 de noviembre de 1868, quienes proponían un acuerdo con la metrópoli basado en reformas políticas; Agramonte replica vigorosamente.

Una vez iniciada la guerra por Carlos Manuel de Céspedes el 10 de octubre de 1868 en “La Demajagua”, los camagüeyanos secundan la acción con el levantamiento armado en “Las Clavellinas”, el 4 de noviembre. Ignacio Agramonte queda en la ciudad a cargo del aseguramiento del movimiento revolucionario, por lo que se incorpora a la manigua el día 11 en el ingenio “El Oriente”, en las cercanías de Sibanicú.

El rescate de Julio Sanguily, llevado a cabo por Ignacio Agramonte, se conoce como una de las proezas militares de los inicios de la Guerra de los Diez Años.

El 7 de octubre de 1871, el mayor general Ignacio Agramonte acampó con la fuerza de su mando, unos 70 jinetes, en el potrero de Consuegra, al sur de Puerto Príncipe, ocasión que aprovechó el brigadier Julio Sanguily para solicitar autorización para dirigirse al bohío de Cirila López, en la finca Santo Domingo, frente a Loma Bonita, para que ésta le arreglase la única muda de ropa que poseía. Sin el debido permiso marcha al amanecer del día siguiente, poco tiempo después de llegar a su destino es sorprendido y hecho prisionero por una caballería española compuesta de 120 rifleros a caballo.

Enterado Agramonte de la funesta noticia escogió 35 jinetes y ordenó a Henry Reeve que siguiera el rastro del enemigo a marcha forzada, el que es divisado en la finca de Toño Torres o pozo de La Esperanza, cuando trasponía la cuenta del camino. Casi a la vista de los españoles El Mayor explicó a sus compañeros que era preciso: “rescatar vivo o muerto a Sanguily, o perecer todos en la demanda.”

Sorprendidos los españoles por la furiosa carga iniciada por el capitán Palomino, apenas pudieron ofrecer resistencia organizada, dejando sobre el campo 11 muertos, llevándose Agramonte consigo a su querido brigadier.

Esto fue posible por la acerada disciplina y entrenamiento de la caballería mambisa, que funcionaba inmejorablemente en acciones rápidas, en pequeños núcleos, donde el sistema de órdenes y organización táctica en las acciones era muy eficaz.

Durante una de sus más brillantes campañas, tras reconstruir las fuerzas del centro de la Isla, preparando la invasión de la provincia de Las Villas que tanto había sido propuesta por Máximo Gómez, cae en combate el 11 de mayo de 1873, en los potreros de Jimaguayú.

Una emboscada lo sorprende con pocos ayudantes y una bala en la sien lo derriba. Los soldados españoles carterean el cadáver y los oficiales al reconocer los documentos, ordenan llevar el cuerpo hacia Puerto Príncipe, donde es expuesto en el hospital de la Iglesia de San Juan de Dios, y quemado al día siguiente, soplando las cenizas a los cuatro vientos para intentar conjurar su ejemplo libertador. Tenía 32 años de edad.

Su muerte constituyó una pérdida irreparable que quizás no fue superada nunca en el curso de la Guerra de los Diez años y su vacío militar y político fue sólo llenado por los hombres de la independencia como Martí, Gómez y Maceo. En el 150 aniversario del inicio de las luchas por la libertad de Cuba su figura se agiganta y eterniza.

Fuentes consultadas: EcuRed

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