José de la Luz y Caballero, un hombre de todas las épocas

Foto: Archivo Radio COCO

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Instruir puede cualquiera, educar solo quien sea un evangelio vivo. El aforismo de José de la Luz y Caballero trascendió el tiempo y llega con vigencia a nosotros, al igual que su vida: profundo pensador y amante de la vida y las cosas de su país, promovió el desarrollo de la nacionalidad cubana.

José de la Luz y Caballero, pedagogo y filósofo, nació el 11 de julio de 1800; era una época donde la esclavitud era una práctica cotidiana, así como el anexionismo a España se veía de manera natural, no obstante, se puede afirmar que su forma de pensar fue de avanzada, a pesar de esas influencias reaccionarias. No se pronunciaba en contra de la esclavitud, pero no la practicaba.

Escribió artículos en las publicaciones de su época, libros de texto, realizó traducciones, y compuso discursos. Su obra más sorprendente fue Aforismos, notas breves que fue escribiendo durante su vida, datos y observaciones relacionados con todo lo que le llamaba la atención, pensamientos religiosos, patrióticos, científicos y humanos.

Al leer sobre el gran pedagogo vemos inclinaciones de avanzada como: “sin manipular en un laboratorio no se aprende Química. Sin un buen profesor que ilustre las materias, no se aclaran ciertos puntos matemáticos. Sin la viva voz del maestro no se pronuncia bien una lengua extraña”.

Se suceden ediciones de sus textos sobre métodos de lecturas como el explicativo o el famoso Elenco de Carraguao, texto que dedica a la enseñanza, métodos y procedimientos: “Nada robustece tanto el entendimiento como la costumbre de no admitir más que lo demostrado”.

“Solo la verdad nos pondrá la toga viril”; “para todo se necesita ciencia y conciencia”; “es menester impacientarse y no impacientarse: lo primero para madurar la fruta; lo segundo, porque ha de madurar”; “hombre más que instituciones suelen necesitar los pueblos para tener instituciones, y cuando se necesitan los echa al mundo la providencia”: así pensaba y se proyectaba ante la vida quien la dedicó al magisterio y a la dirección de aquel famoso colegio llamado San Salvador.

Hijo de Antonio José María, funcionario y oficial del gobierno colonial, y de Manuela Teresa de Jesús, mujer de recio carácter, procedía de un hogar de propietarios criollos, creció en un ambiente dominado por relativas estrecheces económicas y una educación estricta.

La familia fue dueña del ingenio San Francisco de Paula y de la hacienda Santa Ana de Aguiar. Sin embargo, estas propiedades produjeron ciertas preocupaciones a la señora Manuela Teresa al morir su esposo, hasta el punto de que necesitó de la ayuda de un tío, el presbítero José Agustín Caballero, en lo tocante a la educación de sus hijos, quien era profesor del Seminario de San Carlos y promotor de la renovación de la enseñanza filosófica en Cuba y de la autonomía para la Isla. El propició que su sobrino adquiriese dotes intelectuales de altura.

Sus conocimientos sobre teología y sobre la vida religiosa propiciaron que se pronunciara repetidamente contra el clero español residente en Cuba. Tal vez fueron estas convicciones las que lo alejaron del claustro religioso y ya en 1824 lo encontramos como director de la Cátedra de Filosofía del Seminario de San Carlos, a la cual accede por medio de pruebas de oposición. Anteriormente, tal responsabilidad había caído en manos de José Antonio Saco, condiscípulo y amigo íntimo de Luz, así como en las del maestro Félix Varela, su creador.

José Martí lo llamó el “silencioso fundador”. Varona dijo de él que era el “pensador de ideas más profundas y originales. A los 12 años, José comenzó estudios de Filosofía en el convento de San Francisco. En la universidad terminaría el grado de bachiller en artes, estudios que llevaría de modo paralelo a sus inclinaciones en el sacerdocio, pues recibía las órdenes menores que lo llevarían a la carrera clerical.

Según algunos biógrafos, por aquellos años se enamoró de la hija de los Condes de Jibacoa; aquellos amores fugaces tuvieron que ver, sin dudas, en el abandono de su vocación eclesiástica.

Entonces era un joven que practicaba ejercicios físicos y se distinguía en la equitación. Había comenzado a traducir textos y se adentraba en temas de la ética y la ideología liberal al uso; sin embargo, el 18 de mayo de 1828 partiría hacia un largo viaje ―que duraría tres años―, cuando había sustituido a José Antonio Saco en la cátedra de Filosofía.

Desde el comienzo de su actividad como director de la Cátedra de Filosofía se empeñó en aplicar a fondo y hasta sus últimas consecuencias los conocimientos e ideas de su maestro, Félix Varela. Se hizo famoso no solo entre sus admiradores, sino también entre sus detractores, por su fidelidad a la metodología y doctrinas de Varela, al cual, según sus propias palabras, citaba casi diariamente y por cuyos textos se guiaba para impartir las clases.

“Hombre más que instituciones suelen necesitar los pueblos para tener instituciones, y cuando se necesitan los echa al mundo la providencia”; “antes quisiera ver yo desplomadas, no digo las instituciones de los hombres, sino las estrellas del firmamento, que ver caer del pecho humano el sentimiento de la justicia, ese sol del mundo moral”; así fue José de la Luz y Caballero.

Viaja por Estados Unidos y Europa, compra libros, trabaja y estudia, pero extraña su casa y su gente: “lloro de ternura y gratitud”, escribió a la familia al tener en la mano un recuerdo entrañable. En Alemania e Italia tiene otra reacción: “estoy en mis glorias”, escribió. En Dresde conoce a Goethe; en Italia al cardenal Mezzofanti, políglota famoso. De esos viajes saca igualmente el provecho de adquirir instrumental de física para el Seminario de San Carlos.

En 1833 se casó con Mariana, hija del célebre científico don Tomás Romay. Mariana era una joven hermosa, pero al decir de algunos, además era “orgullosa y arisca”. Diez años después José de la Luz y Caballero vuelve a Europa y desde allí pide a sus amigos que influyan en su esposa para que le escriba.

Cuando murió, a las 7:00 de la mañana hora de Cuba del 22 de junio de 1862, la noticia conmocionó a la ciudad. Se dice que 500 carruajes y más de seis mil personas acudieron al sepelio y que el mismísimo Capitán General decreta un homenaje póstumo al “destacado director del colegio San Salvador, a quien aún todos admiramos en el aniversario 216 de su natalicio.

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