
El desembarco de las tropas norteamericanas en Daiquirí, Cuba, a fines de junio de 1898. Foto: Cubadebate
Santiago de Cuba, es el 17 de julio de 1898, entra en la ciudad la soldadesca yanqui. La bandera española es arriada en el fuerte de Punta Blanca, tras una salva de 21 cañonazos. Al filo del mediodía, en el Castillo de El Morro, es izada la bandera norteamericana.
Sólo la mala fe y la mediocridad impiden que ondee también la bandera de la estrella solitaria, empapada con sangre generosa de tantas generaciones de cubanos. Excluidos de las conferencias de capitulación e impedidos de entrar en Santiago, a pesar de su condición de aliados decisivos en toda la campaña, en el ánimo de los aguerridos mambises reina un profundo malestar.
El General Calixto García se retira de la plaza con casi todas sus fuerzas, previa renuncia ante el General en Jefe, Máximo Gómez, de su cargo de jefe del Departamento Oriental. Es entonces que dirige su memorable epístola al general William Shafter, donde le expone valientemente lo deplorable de su comportamiento.
También un día como hoy pero del año 1959 dos palabras ocupan casi media página del periódico Revolución: Renuncia Fidel. Es inmediata la reacción popular de apoyo al Primer Ministro, tanto en la calle como en centros laborales y estudiantiles.
Esa noche, el líder de la Revolución explica por la televisión el por qué de esa decisión, presentada al Consejo de Ministros el día anterior: “Yo quiero que se me diga…si después de las angustias que ha estado viviendo el país y de las campañas de calumnias que ha estado viviendo el país, yo podía presentar una acusación oficial que trajese como consecuencia la destitución del señor Presidente y que me presentasen ante el mundo entero como el caudillo clásico”.
Esta crisis institucional la había provocado el presidente Manuel Urrutia tratando de frenar toda medida revolucionaria. El 26 de julio, a petición del pueblo reunido en magna concentración, Fidel reasume su cargo.


