Maritza también es una mujer rural

Maritza Gutiérrez Ávila. Foto: Mildred O´Bourke Rodríguez

Maritza Gutiérrez Ávila. Foto: Mildred O´Bourke Rodríguez

Costó mucho trabajo llegar a la finca de la calle Matadero, reparto Las Guásimas, en el municipio de Arroyo Naranjo, en La Habana. Nadie sabía a ciertas hacia donde enrutar, en un sitio donde el monte está a ambos lados y una calle principal se puede convertir en mil caminos o veredas tramposas.

Viajamos de la mano de la Asociación Cubana de Técnicos Agrícolas y Forestales (ACTAF), para compartir con Caridad Robaina Hernández, alias El Pinareño, quien es usufructuario de la finca de igual nombre y destacado entre los que trabajan bajo los principios de la agroecología.

Lo bueno de la historia es que nos encontramos con una linda y armónica familia dedicada, casi en su totalidad, a sacarle provecho a la tierra, pero muy especialmente con Maritza, una guajira que emigró con sus padres hace tantísimos años desde el municipio Rafael Freyre, provincia de Holguín y para quien trasladarse al centro de la capital, es ir a La Habana, como si vivir en la periferia y sentir ese apego inmenso a su casa y su patio grande, la enajenara de una pertenencia que no ha hecho suya en su totalidad.

Maritza Gutiérrez Ávila, lleva 26 años de casada con El Pinareño y tiene una hija que perdió el aroma de la campiña entre números y computadoras y hoy es contadora en el hospital Julio Trigo. “Usted sabe que los jóvenes de hoy son distintos, les atrae más otra vida”, me comenta.

Ella es de esas mujeres soporte de un hogar, en donde su padre y esposo le ganan la pelea al amanecer en cada jornada; de esas que lamentablemente quedan invisibilizadas como esposas de… o a quienes casi siempre nombramos como indispensables en la retaguardia, un puesto de combate erróneo, porque no son la parte de atrás, sino un frente paralelo, de cuya energía, saberes y quehaceres, depende, no en poca medida, el éxito de la empresa familiar.

¿Y cómo ayudas en el trabajo de la finca?, le pregunto. “Hago de todo. A veces me toca la guardia hasta más allá de la medianoche; preparo alimento para los cerdos, los conejos, las gallinas, los perros y mi familia. También limpio los frijoles y otras cosechas que lo necesitan y si hay mal tiempo, como ahora que pasó un tornado local y nos tumbó cinco matas de aguacate, casi todo el plátano y otras siembras, me pongo las botas y me meto de lleno en la recuperación”.

“Igualmente realizo los mandados, gestiones que ya sabes, a veces se complican por la lejanía en que estamos y hago cuanto es necesario, un poco más allá de Las Guásimas ciertas compras, pero siempre estoy loca por regresar. No me gusta andar por ahí. Mi felicidad es estar aquí en La Finca”, porque yo soy guajira de pura cepa.

Siempre sonríe o ríe con ganas. Y habla y se le pierde la vista en el verdor que la rodea.

¿Y no te sientes relegada como mujer?, trato de azuzarla un poco.

Me responde que no, que para nada. Que siente en el amor de su familia ese reconocimiento especial. Y ¿por qué me voy a sentir así? Cuestiona en réplica. “Mira, luego de hacer todas esas faenas yo me dedico mi tiempo también. Voy a la peluquería, me arreglo manos y pies, redecoro detalles en la casa. Igual converso con mis plantas, le doy cariño a mis perros y sus camadas y eso me complementa. Yo encuentro la felicidad así y está bien que ustedes los periodistas vengan a hablar con mi marido, porque ese hombre entrega hasta la vida en la tierra y de eso nos sustentamos. ¿A que tú vives estresada? me espeta. ¡Ah, pues yo no!

Y me deja desarmada. ¡Touché!

Oye, tú tienes alimentos, ciertas posibilidades que a lo mejor algunos en la comunidad no. ¿Crees que eres suficientemente solidaria?

“Agarre ahora mismo por ahí y pregúntele a los vecinos. Aquí vienen muchas personas a buscar desde un ´puñaito´ de Ají Cachucha, o algo de viandas, a que les socorra con unos pesitos para una urgencia. Y pregunte. Le van a decir que a mí no me duele ayudar, si son viandas, viandas; si una gallina, no importa; dinero, igual. Alguien me necesita: ¡Maritza responde!

Maritza es alma de este sitio, del hogar que ha acomodado con buen gusto, de los frutos económicos y humanos que se obtienen en la finca. Eso, ni dudarlo.

Le prometí que un día volveré porque es una persona encantadora; porque hace un café fabuloso y porque un día en los predios de la familia de El Pinareño y Maritza es un bálsamo espiritual.

Iré aunque sea difícil llegar a la calle Matadero, en Las Guásimas, en el sureste de nuestra ciudad, a comer el mejor pollo asado que se pueda conocer y a disfrutar de su amorosa hospitalidad.

Hoy Día Mundial de la Mujer Rural, es bueno rendirles homenaje a esas mujeres que son el complemento de la dura labor en el campo, en la actividad agrícola o pecuaria, en las labores de asesoría y extensionismo en la veterinaria de campo… Maritza es uno de esos ejemplos.

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