Prometemos no olvidar

El horror en toda su esencia a manos del hombre. (Foto: www.generaccion.com)

El horror en toda su esencia a manos del hombre. (Foto: www.generaccion.com)

“El ave negra abre la boca/ Cuando atraviesa Hiroshima”. Silvio Rodríguez no pudo decir mejor de ese momento, evocando el día 6 de agosto de 1945. Se unió así a una lista de personalidades que, de alguna manera u otra, han dejado en el recuerdo la masacre nuclear cometida contra el indefenso pueblo japonés.

Amanecía el fatídico día para un imperio que se derrumbaba. Guadalcanal, Las Marianas, Iwo Jima, fueron coronando el declive de la tierra del Sol Naciente, que más bien veía el crepúsculo sentenciada a combatir sola contra la superioridad técnica y humana de sus adversarios. Aun fanáticamente resistían algunos núcleos del ejército nipón, que preferían quitarse la vida a ser cautivos de los norteamericanos.

La guerra en el Pacífico había sido cruel y sangrienta para ambos bandos. Conquistar cada una de las islas dominadas por los japoneses supuso para los Estados Unidos y en menor medida para Gran Bretaña, Australia y Nueva Zelanda un verdadero dolor de cabeza. En Asia había un inmenso atolladero para los aliados, agotados por una guerra que en esta área adquirió matices más que dantescos.

Pero para eso estaba el Proyecto Manhattan. Científicos alemanes e ingenieros norteamericanos, unos capturados a partir del 9 de mayo y otros exiliados, buscaban crear el arma definitiva. Algo que no se hubiera visto jamás y que al mismo tiempo de terminar con la inútil resistencia japonesa, comenzara a disuadir a los soviéticos de expandirse más allá de lo que dictaba la paz acordada en el Viejo Continente.

Amanecía temprano como siempre para Japón. Nadie en Hiroshima vio llegar el B-29 “Enola Gay” que en sus entrañas transportaba la muerte. “Little Boy”, pequeño niño, bautizaron eufemísticamente a la bomba de 13 kilotoneladas de dinamita. A las 8:15 a.m. de esa mañana, la guadaña segó de un golpe la vida de casi 80 mil personas.

La tormenta ígnea, el calor, el fuego, la lluvia ácida, radiación. Todo vino después para terminar el trabajo. A finales de 1945, ya habían muerto en la ciudad cerca de 140 mil personas a causa del bombardeo. Otros siguieron viviendo, pero a costa de horrible dolor y sufrimiento. Varias generaciones quedaron físicamente marcadas por el efecto radiactivo, y la complicada psicología japonesa no se ha repuesto de semejante horror.

Muchas historias han llegado hasta hoy, como aquella del hombre que huyó de Hiroshima para ser alcanzado tres días después en Nagasaki por la segunda bomba. Sí, porque fueron dos. A Harry S. Truman no le bastó con una sola demostración de poder. Tenía que dejar claras las cartas sobre la mesa siendo él, y no Winston Churchill, quien daría el primer paso para correr el “telón de acero”.

Lo que pasó después, ya se sabe. Japón se rindió incondicionalmente el 2 de septiembre, y la guerra terminó. Pero las cicatrices perduran. Dice una frase que se perdona, pero no se olvida. El mundo, a riesgo de parecer rencoroso, jamás olvidará este momento.

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