
Uno de los grandes patriotas habaneros fue sin duda alguna Agustín Santa Rosa y Milanés, todo un ejemplo de entrega a la causa de la independencia, asumida como el deber de un hombre para con su tiempo y la historia.
Por éstos días casi han coincidido las efemérides del nacimiento y la muerte de Agustín Santa Rosa y Milanés; habanero, patriota y, sin dudas, todo un ejemplo de entrega a la causa de la independencia, asumida como el deber de un hombre para con su tiempo y la historia; una frase que podría parecer grandilocuente, pero que en su caso fue un compromiso consustancial, sostenido a todo lo largo de su existencia una vez superada la etapa de adolescente y hasta el momento mismo de su fin, cuando contaba con cuarenta y un años, sin cejar no obstante un número enorme de dificultades, fracasos y riesgos.
Santa Rosa y Milanés nació en esta ciudad el once de noviembre de 1822, en el seno de una familia económicamente solvente y con relaciones e influencias relevantes en la sociedad capitalina de entonces. No obstante, ese origen, desde muy joven tomó partido por los que, dentro de su clase, pugnaban por transformar la situación de atraso en que la metrópoli española mantenía sumida a Cuba, como una de sus últimas posesiones coloniales americanas e, incuestionablemente, la de mayor importancia.
Los españoles nacidos en este país, por entonces no podían ser cabalmente calificados como cubanos, puesto que a su sociedad aún le faltaba mucho para que los elementos integrales de la nación propiamente dicha, se materializaran y conjugaran adecuadamente, aunque el proceso de formación de la nacionalidad venía forjándose, con relativa diafanidad desde las postrimerías de la anterior centuria. Por eso eran acertadamente llamados “criollos”.
Sus tendencias políticas, como en todo conglomerado humano, eran diversas. Desde los defensores a ultranza de la dominación española, negadores de otra posibilidad de patria que no fuese aquella de la lejana Iberia, hasta sus más radicales opositores, los partidarios de la independencia; pasando por quienes creían posible el logro de concesiones – respetuosa y hasta sumisamente solicitadas a la Corona—que aliviaran el dogal de los controles monopólicos para el comercio de la isla con otros mercados y permitieran determinadas libertades civiles, sin pretender jamás alterar la condición de colonia.
Y otros, razonablemente convencidos de que España nunca accedería a tales peticiones, se inclinaban por un cambio de metrópoli, bajo la bandera del naciente imperio estadounidense; pero por el bando de los sureños que, como ellos mismos, defendían la economía basada en la esclavitud.
Dentro de éstos últimos estaban los que preferían cualquier cosa a seguir bajo la dominación española, considerando que, posteriormente, sería más fácil alcanzar la independencia, gestionándola con una nación moderna, como los Estados Unidos, sobre bases razonables y éticamente convenientes.
Entre esos anexionistas que buscaban la ansiada libertad por un camino tan riesgoso para la nación en ciernes, estuvo Agustín Santa Rosa, quien en agosto de 1851, luego de recibir entrenamiento militar en el entorno de Nueva Orleans, vino a Cuba formando parte de la expedición del vapor “Pampero”, encabezada por Narciso López, definidamente partidario de arrebatarle a España ésta colonia, por la fuerza, para integrarla, sin ambages, a los Estados Unidos como una posesión más, dentro de su estrategia expansionista imperial.
Para él aquella aventura resultó una experiencia traumática y definitoria. Fracasada la expedición y fusilado su jefe, también él fue capturado por el enemigo, en la zona pinareña de Candelaria y si milagrosamente no lo ejecutaron, fue por la intervención de la familia, que movió influencias y recursos, presumiblemente cuantiosos, para lograr del Capitán General de Cuba un oportuno indulto que no fue perdón, puesto que implicó una larga condena de cárcel en la prisión española de Ceuta, en Marruecos.
Y es de suponer que también funcionara el soborno sobre autoridades y carceleros de aquel penal para que poco después de ingresar en su recinto, escapara hacia Estados Unidos donde, curado definitivamente de la quimérica enfermedad del “anexionismo bueno”, empezó a luchar, consecuentemente, por la independencia.
En 1868 vino a Cuba, por supuesto que clandestinamente, en una muy riesgosa misión que le ordenara Manuel de Quesada y Loynaz, con el propósito de conocer la disposición de algunos conspiradores hacia un movimiento insurreccional. Estaba en La Habana cuando conoció del alzamiento de los patriotas manzanilleros y bayameses, ocurrido el 10 de octubre; y solo 23 días después encabezó, junto al periodista Francisco Javier Cisneros y el estudiante universitario José Agramonte Piña, una acción similar en las afueras de ésta ciudad, en una zona entonces rural del barrio de Jesús del Monte, específicamente en la finca Cintra, de Luyanó. Tal acontecimiento ocurrió el 2 de noviembre de 1868, y fue el primer gesto de los habaneros (y de todo el occidente cubano), secundando a los revolucionarios independentistas orientales y, como aquellos, también concedieron la libertad, en este caso, a una treintena de esclavos del lugar.
Ciertamente, el llamado “Grito de Luyanó”, fue controlado por las autoridades casi desde su comienzo; pero sin dudas que al trascender hacia el conocimiento general, enardeció el patriotismo aquí, lo que fue confirmado en breve por expresiones de simpatía popular hacia la revolución independentista, como los ocurridos en el Teatro de Villanueva, con aquellos memorables vivas a “Carlos Manuel”, y en la Acera del Louvre, en la zona más céntrica del denominado Reparto de Las Murallas. La brutal represión de ambos incidentes (así como el asalto y saqueo del palacio-vivienda del reformista don Miguel Aldama), fueron ejecutados por los miembros del patético Cuerpo de Voluntarios Españoles de la Isla de Cuba, integrado por peninsulares del más extremado “integrismo” anticubano.
Algunos de los involucrados, cercanamente perseguidos por fuerzas militares, lograron trasladarse hacia la región occidental y se internaron en el lomerío de Candelaria, cerca del poblado de San Cristóbal, donde intentaron crear un destacamento insurreccional; pero fueron cercados y capturados.
Santa Rosa permaneció algún tiempo en El Morro de La Habana, hasta que en enero del siguiente año fue nuevamente indultado; para apenas un par de meses después involucrarse (ya vinculado a los planes de la Junta Revolucionaria de La Habana) en el espectacular secuestro , el 23 de marzo del siguiente año, del buque español de cabotaje “Comanditario”, que se convirtió en noticia a nivel mundial, puesto que aquel grupo de patriotas, no solo le cambiaron el nombre, por otro que les pareció más honroso: el de “Yara”; sino que lo artillaron de acuerdo con sus posibilidades, como correspondía a sus pretensiones de transformarlo en la nave insignia de la Fuerza Naval de la Revolución Cubana, e izaron en el más alto mástil de su arboladura, la bandera de la Independencia.
En Nassau, los españoles se hicieron nuevamente de su barco pero no pudieron apresar a los secuestradores porque se lo impidieron las autoridades inglesas de Las Bahamas.
A principios de mayo del propio año, Agustín Santa Rosa arribó a la costra norte del Camaguey, en el Vapor “Salvador”, procedente de Nassau y, según se sabe, participó en ese territorio en numerosas acciones combativas siendo nombrado jefe -con grado de Capitán-, de la Primera Compañía de una fuerza insurrecta denominada Batallón de Rifleros de La Habana.
Pero convaleciente de una enfermedad, cayó en poder del enemigo. “Primeramente fue sometido a juicio por un Tribunal de la Marina, acusado de participar en el secuestro del “Comanditario”, –indica el Diccionario Enciclopédico de Historia Militar de Cuba—y posteriormente enjuiciado por una comisión jurídica del Ejército dada su condición de insurrecto”.
Parecía que aquella novelesca leyenda llegaría inexorablemente a su fin; pero a pesar de la gravedad de las acusaciones y las sobradas pruebas de su culpabilidad, una muy oportuna gestión del Cónsul estadounidense en La Habana, en tratos directos con la máxima autoridad española de la Isla, determinó –una vez más—la liberación del combatiente mambí, quien salió hacia Nueva York en junio de 1873; donde (como ya era de esperar), se reincorporó a sus habituales actividades conspirativas e insurreccionales.
Tres meses después se unió en Haití a un contingente que previamente había hecho escala en Jamaica para transbordar armas y pertrechos del vapor “Atlas”, procedente de Nueva York, al “Virginius”, ya emblemático entre los patriotas porque anteriormente había conducido a la Isla dos importantes expediciones con resultados exitosos, organizadas ambas por la Agencia Revolucionaria Cubana en el Exterior.
Pero el 30 de octubre, apenas a unas pocas horas de zarpar, fueron descubiertos por el barco de guerra español “Tornado”, el cual luego de perseguirlos, logró apresar a los más de 160 involucrados y los condujo a Santiago de Cuba, donde de inmediato comenzaron los procesos judiciales sumarios y los fusilamientos masivos, que en pocos días alcanzaron la horrenda cifra de cincuenta y tres, entre los que estuvo el ya Teniente Coronel del Ejército Libertador Agustín Santa Rosa y Milanés, ejecutado exactamente el ocho de noviembre de 1873.
La historia personal de este hombre, conocidísimo en su tiempo por la trascendencia de los avatares en que estuvo envuelto como protagonista principal, permite conocer en profundidad el devenir de Cuba en una etapa determinante de su desarrollo definitivo como nación, en el sentido exacto del concepto.
Resulta inexplicable pues, que a ciento cuarenta años de su ascenso a la inmortalidad, el legado de un ejemplo de esa magnitud esté sumido en el olvido de los que, por sacrificios tan supremos, han tenido el privilegio de heredar patria y grandeza para poder levantarse, dignamente, como cabales ciudadanos cubanos ante el mundo.
