Junto a sus primeros pasos por la vida el niño José Julián Martí Pérez, conoció a su padre, a Don Mariano, aquel hombre digno, de gesto severo, quien debajo de su capa de aspereza poseía un corazón sensible y tierno que le valió para conquistar al amor de su vida, a Doña Leonor.
Cuando el pequeño José Julián escribe a su madre desde Hanábana, todo en él irradia la felicidad en el disfrute de compañía paterna. Por esos días se estrechan los lazos afectivos entre ambos.
De regreso a la capital cubana se manifiesta cierta competencia de paternidades entre Don Mariano, su progenitor, y Rafael María de Mendive, su maestro y padre espiritual, dos personalidades con concepciones y matices muy diferentes.
Luego en su adolescencia temprana, la característica rebeldía de esos años mozos sumada a los trajines independentistas que protagoniza Martí crea algún distanciamiento entre hijo y padre.
Tal circunstancia quedaría saneada con creces para siempre cuando el padre visita a su primogénito y único varón en presidio, y en medio de esa traumática experiencia por primera vez en su vida el joven ve llorar al padre cuando limpia las llagas que en su tobillo hacían los grilletes.
Años más tarde, cuando Martí es ya más maduro escribe a su hermana Amelia aconsejándole que sonría con las vejeces del padre amado, y en cada palabra transpira admiración y respeto sin límites.
Uno de los mayores goces que disfrutó José Martí fue ser padre, aún en las más difíciles situaciones como en su regreso a Cuba, tras el bochornoso Pacto del Zanjón expresa “…todo me lo compensan mi mujer heroica y mi liadísimo hijo, bastante bello y bastante precoz -mi nube humana de solo dos meses- para consolar todas mis penas”.
Martí profesa un extraordinario amor por los niños evidenciado en su condición de El Hombre de la Edad de Oro, y como punto máximo de tan sensible sentimiento dejó para la posteridad sus escritos en prosa y poesía, dedicados al pequeño José Francisco Martí Zayas-Bazán, su único hijo, su Ismaelillo, su Reyezuelo, su Príncipe enano.
José Martí fue un Hombre pleno, pues para el la paternidad es el colofón de la masculinidad, en tanto que la maternidad lo es de la feminidad. Disfrutó de una magnífica dualidad de paternidades compartidas y multiplicadas por Don Mariano y Rafael Maria de Mendive, a la vez que tuvo un hijo al que adoro.

