“El rey de las octavas”

Brindis fue reconocido por la crítica por su extraordinario dominio del auditorio. (Foto: arnac.cu)

Brindis fue reconocido por la crítica por su extraordinario dominio del auditorio. (Foto: arnac.cu)

Claudio José Domingo Brindis de Salas y Garrido, se le conoce como el “Paganini negro”. Fue considerado el mejor violinista de su época. Nació en La Habana el 4 de agosto de 1852 y murió en  Buenos Aires, Argentina, el 1 de junio de 1911.

El padre de Claudio José fue violinista y contrabajista de La Concha de Oro, una muy popular orquesta, en los salones de bailes habaneros de la época. Su abuelo Luis Brindis, sargento primero del Real cuerpo de artillería se preocupó por obtener un patrocinio para su hijo, entre las familias pudientes de La Habana, que lo apoyaron y financiaron sus estudios.

La niñez, adolescencia y primera juventud del músico fue genial, de mano de su padre que le enseñó  tocar el violín, a los diez años dio un concierto en el liceo de La Habana, obtuvo una beca para estudiar en París y ganó el primer premio en el conservatorio donde estudiaba.

Después de una gira con su padre y hermano por varias ciudades de Cuba, viajó por todo el mundo mostrando su arte, recibiendo el reconocimiento de los grandes, y amado y aclamado por el público conocedor de su talento.

Viajó a México, luego una gira por Europa, que comprendió entre otras ciudades Florencia, París y Milán, donde se presentó en la célebre Scala, con  actuaciones avaladas por el entusiasmo del público y de la crítica.

En 1875 regresó a América y fue nombrado director del Conservatorio de Haití. Actuó en 1877 en el teatro Payret, donde lo acompañó José Van der Gutch al piano. En 1878 ofreció un concierto en la Sociedad Filarmónica Cubana de Santiago de Cuba, regresó a La Habana y posteriormente viajó a Veracruz con el propósito de brindar conciertos y recitales. En 1880 viajó a Rusia; en 1881 actuó en San Petersburgo. En Francia fue condecorado con la orden de la Cruz del águila negra y la Legión de honor.

En 1884 se trasladó para Alemania, el emperador lo nombró Barón de Salas, se casó y obtuvo la nacionalidad. En 1886 regresó a La Habana, donde tocó en el Gran Teatro. Ofreció conciertos en  Nueva York, Santo Domingo y San Juan, Puerto Rico, Montecristi y Puerto España, Trinidad Tobago y Jamaica, entre otros países que aclamaron su arte.

Fue reconocido por la crítica por su extraordinario dominio del auditorio, el entusiasmo que siempre provocó su interpretación, el fogoso temperamento que caracterizó a su ejecución, su buen gusto, pureza de entonación y virtuosismo.

A pesar de tratarse de un músico negro fue admirado por los músicos más importantes y famosos como Julios Pasdeloup, gran director de orquesta; Mazzucato que le dirigió en Milán, en el regio teatro de Turín y en la Fenice de Génova. El crítico parisiense Oscar Commentant, celebrada figura de la prensa, escribe que “el violín fue creado para él”. Leonard, gran maestro del arco, Charles Dancla y David lo aclamaron.

Murió el 1 de junio de 1911 en la ciudad de Buenos Aires, en donde le habían regalado un Stradivarius años antes, pobre y olvidado, enterrado en una fosa común.

No se sabe a ciencia cierta cuál fue el motivo de este triste final, después de una vida plena y llena de éxitos y fama. En 1917 el diario argentino La Razón realizó una colecta pública, para darle sepultura digna. Más tarde sus restos fueron trasladados a La Habana y colocados en el panteón de la solidaridad de la música cubana en la Necrópolis de Colón de La Habana.

Hoy sus restos se encuentran en una urna de bronce en la iglesia de Paula, en el litoral de la bahía habanera, frente al puerto.

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