Hace pocos días, en este caluroso verano habanero, escuché a una joven periodista anunciar en una televisora capitalina la celebración de una actividad cultural bajo el título: Cuba sí, yanquis qué, en vez del sentido y auténtico Cuba sí, yanquis no.
Me resultó una expresión bastante anfibológica y evasiva, como una forma de tomar distancia y de dorar la píldora en torno al nuevo escenario creado a partir del 17 de diciembre de 2014, cuando los gobiernos de Cuba y Estados Unidos acordaron restablecer relaciones diplomáticas e ir hacia una gradual normalización de tales vínculos.
El 20 de julio del actual año se izó la enseña nacional de la Isla en la sede diplomática en Washington D.C. Este 14 de agosto, John Kerry, Secretario de Estado, viajará a La Habana, para presidir una ceremonia similar en la embajada de Estados Unidos en la capital cubana.
Vivimos un proceso, donde las convicciones patrióticas de los cubanos resultan decisivas hacia futuro, para la supervivencia de la Isla como nación libre y soberana. No es cuestión de echarle tierra y darle pisón a más de 50 años de lucha por preservar una vida digna y decorosa.
En este caso agua pasada si ha de mover molino, el de la sensatez y el sentido común, pues las fanfarrias ante el llamado “deshielo” de las relaciones entre ambos países, no pueden devenir en ceguera, esa de la que tanto habló el insigne escritor uruguayo Eduardo Galeano, autor de Las venas abiertas de América Latina. Es preciso saber que la miopía y la ingenuidad políticas se pagan bien caro.
No por casualidad el norteamericano Leland H. Jenks, escribió en 1926 Nuestra colonia de Cuba, texto en el cual se refleja que más del 75 por ciento del comercio exterior de la Isla estaba controlado por Estados Unidos y, a fines de 1958, las inversiones norteamericanas sobrepasaban los 800 millones de dólares, una suma astronómica para la situación económico y financiera de la época. Tan solo cinco compañías azucareras -cuatro de ellas estadounidenses- eran propietarias de casi 82 mil caballerías (un millón de hectáreas, aproximadamente).
La desmemoria histórica, además de ser un arma letal, constituye un hecho abominable y de terribles consecuencias. Los cubanos sabemos bien a quien llamamos yanquis, gringos, con todos los honores y merecimientos de dichos apelativos.
No hay que ser un consumado experto para conocer qué hay detrás de los yanquis que, de su pretendido, irrenunciable y confeso proyecto de una Cuba “democrática e independiente”. A otro con ese cuento, título de un popular y gustado programa humorístico televisivo cubano.


