
Foto: Radio Reloj
Más que una crónica, una reflexión se impone este lunes, después de haber escuchado este domingo la homilía del Papa Francisco, en laSanta Misa ofrecida en la Plaza de la Revolución José Martí, único lugar donde cabrían las numerosas personas deseosas de escuchar al Santo Padre.
Más que un hombre de fe, Francisco se reveló en su comentario como un hombre sabio, pues sus palabras iban como saetas de luz y de amor al corazón de creyentes y no creyentes, siempre que estos alberguen aunque sea un mínimo de bondad, y ¿quién no posee ni siquiera un ápice de bondad?
Las palabras de Su Santidad giraron en torno a un pasaje de la Biblia que relata cómo los discípulos de Cristo discutían acerca de cuál de ellos podría llegar a ser más importante. Al llegar donde el Maestro, éste les preguntó acerca del tema de su debate y los discípulos, por vergüenza, no se atrevieron a responder. Pero la pregunta quedó latente.
El sumo pontífice reflexiona acerca de la importancia de ser útil y servir a los demás en lugar de servirse de los demás, enfatiza en servir con especial atención a los más frágiles: a los niños y los viejos y recuerda como Jesús dijo que sería más importante quien dedicara con más fervor su vida a los demás.
¡Cuánta necesidad tiene la humanidad de hoy de ese sentimiento de servicio y protección! No solo hacia aquellos que por ley natural son más débiles, sino a quienes lo son por las desnaturalizadas leyes no escritas de la sociedad: los discriminados, los abandonados, los que tienen menos recursos.
¡Y cuánto necesitan interiorizar las palabras del Santo Padre aquellos que medran a costa de esos débiles! Cuando un vendedor inescrupuloso pide un precio desproporcionado por un producto, está negando las enseñanzas de Cristo; cuando un servidor público, para forzar un soborno, deja intencionalmente de brindar el servicio a que está obligado, está negando la palabra de Jesús.
Y eso es válido también para los gobiernos que tienen sumido en la miseria a su pueblo, al que deben servir, para favorecer a un puñado de poderosos a los que ya les sobra el dinero.
Y para los gobiernos que no tienen reparos en someter a naciones más débiles por la fuerza de las armas o de las finanzas para luego expoliar sus recursos naturales y humanos.
Y para quienes desprecian a otros seres humanos por el simple hecho de que tienen otro color de piel, porque adoran a otro dios, o simplemente porque no tienen riquezas.
Todos ellos debían escuchar las palabras del Papa Francisco, pero no escucharlas con los oídos, sino con el corazón y –como canta el poeta– “Seamos un tilín mejores y mucho menos egoístas”.
