Ecofeminismo, corriente de pensamiento transgresora (I Parte)

Cualquier aproximación al ecofeminismo debe partir de considerarlo una corriente de pensamiento no homogénea. Foto: https://ecopolitica.org

No es muy frecuente que en Cuba, ni siquiera en círculos académicos, se hable de ecofeminismo.

Si bien es cierto que casi todos los textos que abordan la relación entre género y medio ambiente hacen alguna referencia al término, se hace difícil encontrar artículos que profundicen en el tema.

Cualquier acercamiento inicial permite advertir que la producción teórica y las propuestas más logradas sobre esta corriente de pensamiento han emergido en Europa y Estados Unidos, mientras que en Latinoamérica, naciones como Chile, Argentina, México y Brasil destacan por la fuerte proyección social de algunos movimientos ecofeministas.

De igual modo, resulta llamativo que si bien el vínculo entre ecología y feminismo parece remontarse a la década del 60 del pasado siglo, en la actualidad aun proliferan trabajos con reflexiones en torno a la viabilidad y pertinencia del ecofeminismo como corriente de pensamiento dedicada a develar las conexiones entre la dominación de la naturaleza y la opresión de las mujeres en sociedades patriarcales y capitalistas.

Aunque existe un reconocimiento tácito de los aportes de las ecofeministas a las discusiones en torno a los derechos de las mujeres y la protección del medio ambiente, también se le critica sobremanera, tanto desde posturas profeministas como desde los movimientos ecologistas.

El siguiente artículo no pretende abordar la evolución del ecofeminismo, ni explorar las contradicciones internas de esta corriente de pensamiento tan heterogénea, pero sí apuesta por enfocar algunos de los aspectos que pueden arrojar luces en un acercamiento introductorio.

Las ecofeministas afirman que la explotación de su trabajo y el expolio de la naturaleza sirven de sustento al sistema capitalista. Foto: http://ecofeminismobolivia.blogspot.com/

Ecología y feminismo, pacto por la vida

En los años 60 del pasado siglo proliferaron los movimientos sociales y corrientes de pensamiento que, de manera frontal, comenzaron a cuestionar las bases del sistema capitalista desde diferentes posicionamientos.

Esos años permitieron, además, visibilizar a los grupos que tradicionalmente tenían menos voz en las sociedades occidentales: personas negras, mujeres, homosexuales y grupos juveniles.

Los feminismos, como era de esperar, también formaron parte de esa conversación global a la cual igualmente se integraron, y con mucha fuerza, los movimientos ambientalistas.

Si bien todos los movimientos proponían una agenda propia y en ocasiones con visos de exclusión, en no pocos momentos debieron unir fuerzas para reivindicar derechos comunes o con nexos evidentes.

Así sucedió con feministas y ecologistas, que en los años 60 pusieron en cuestión tanto las relaciones de poder entre varones y mujeres, como el consumismo de la sociedad industrializada, las guerras, las armas nucleares y el potencial destructivo de un modelo de desarrollo capitalista que asumía (asume) que la naturaleza es un recurso ilimitado, siempre disponible para garantizar la acumulación del capital.

Sin embargo, para las ecofeministas la crisis económica, social, ecológica, alimentaria, de los cuidados, consecuencia de un modelo que no tiene en cuenta la sostenibilidad de la vida humana y natural, tenía un gran potencial: el de descubrir que era necesario un cambio[i].

Por supuesto, no era de extrañar que el feminismo también hiciera suyas las preocupaciones ambientales, toda vez que es una teoría política y un movimiento social que implica una “vuelta de tuerca” a la manera que tradicionalmente se percibe el mundo.

La explotación de cualquier ser humano o de la naturaleza impide vivir en armonía e implica que unos se beneficien y otros estén a su servicio. Las mujeres han lidiado con esa realidad durante siglos y ya conocen como funcionan los mecanismos que desde hace mucho intentan quebrantar.

Partiendo de que la dominación de la naturaleza y la opresión de las mujeres tiene nexos insoslayables, el ecofeminismo sugiere que “tanto el trabajo de los cuidados (realizado principalmente por ellas) como los frutos de la naturaleza son apropiados sin el debido reconocimiento de su importancia, quedando invisibilizados, a pesar de que son indispensables para la supervivencia humana”[ii].

Afirman igualmente que la explotación de su trabajo y el expolio de la naturaleza sirven de sustento a un sistema capitalista que, además, está asentado sobre las bases del patriarcado, como forma de organización política, económica, cultural, religiosa y social basada en el dominio de los hombres sobre las mujeres en todos los ámbitos, siempre en contextos temporales y espaciales determinados.

Asimismo, las ecofeministas ven con claridad el poco poder de decisión que tienen en (sobre) un sistema capitalista patriarcal que utiliza su trabajo, sus conocimientos y toda su fuerza vital en la reproducción de la vida cotidiana sin tomarlas en cuenta.

Según su interpretación, la organización social del mundo está estructurada en torno a los mercados, la rentabilidad y el capital, pero las cuestiones del ámbito privado, que en esencia sostienen las familias y las comunidades, se delegan en las mujeres sin reconocimiento.

La explotación de cualquier ser humano o de la naturaleza impide vivir en armonía e implica que unos se beneficien y otros estén a su servicio. Foto: https://www.eldiario.es

Para la mayoría de las corrientes ecofeministas existe una “interrelación entre la división sexual del trabajo, la restricción de las libertades individuales de las mujeres, su poca participación en los procesos políticos, la distribución desigual del poder y del acceso a los medios de producción”[iii], temas que forman parte de las cuestiones más importantes que intentan reivindicar.

Por otro lado, los hombres, quienes suelen detentar el poder y parecen estar obsesionados con él, no reparan en daños a otros seres humanos o a la naturaleza con tal de conseguir la supremacía.

De forma novedosa “las ecofeministas afirman que la cultura masculina nos ha llevado a guerras suicidas, así como al envenenamiento del agua, de la tierra y del aire”[iv].

Incluso, al relacionar capitalismo y patriarcado algunas aseguran que si el asesinato de una mujer por razones de género es feminicidio, algo similar podríamos esgrimir para referirnos al daño ambiental.

Al respecto, Coca Trillini, de la Red Latinoamericana de Católicas por el Derecho a Decidir, sostiene que en el caso de la ecología, esto se evidencia cuando decidimos que, “sin importar quiénes vengan después, nos vamos a gastar el agua e inutilizar la fertilidad de la tierra. En ese caso entonces hablamos también de ecocidio”[v].

Una síntesis de lo que postula el ecofeminismo la pudiéramos encontrar en una frase que ha acompañado marchas, protestas y disimiles iniciativas en varias naciones del mundo. “Lo que no es bueno para la naturaleza no es bueno para nosotras”, afirman.

Continuará…

 Bibliografía empleada en la redacción del artículo:

[i] Fornés, Estefanía. 2012. Ecofeminismos rurales. Mujeres por la soberanía alimentaria. En: Revista Soberanía Alimentaria, Biodiversidad y Culturas. Mundubat. País Vasco. Extraído de: https://redecofeminista.files.wordpress.com/2012/11/ecofem_rurales_web.pdf

[ii] Ídem, p.10.

[iii] Ídem.

[iv] Hernández, Betty. 2010. Una mirada al género. La globalización y las posibilidades de desarrollo sostenible. En: Ecología política y educación popular ambiental: selección de lecturas. Comp. Arrotila, Jesús Figueredo Ar et. al. Editorial Caminos, Colección Fepad. La Habana, pp.121-129.

[v] IPS. “El mayor reto del ecofeminismo son nuestras contradicciones”. Extraído de: http://www.ipscuba.net/ipscuba-net/ck54-america-latina/el-mayor-reto-del-ecofeminismo-son-nuestras-contradicciones/

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *