
La música, artística organización de los sonidos en un espacio y tiempo determinados. Foto: Radio COCO
La motivación acerca de escribir este artículo parte de la reflexión sobre exclamaciones que he notado conforman el discurso de no pocos profesionales de los medios de difusión y funcionarios de las instituciones culturales, por demás de las estructuras de dirección: …debemos difundir la buena música… hay que enfrentar el flagelo de la mala música y derrocarlo… la mala música está al parecer, ganando terreno…
Estos comentarios van asociados al debate entorno al rol de los medios de difusión en la fabricación de un gusto musical masivo y uniforme en los ciudadanos, que no deja de ser un claro ejemplo del irrespeto a la diversidad, y que nada tiene que ver con lo propuesto en los fundamentos y principios de la educación musical ciudadana.
Pero… ¿cuándo es buena una pieza musical? Quizás usted me contestaría: cuando el intelecto en función de la creación llega a ser casi científico, cuando el virtuosismo creativo e interpretativo es evidente o cuando los elementos técnico artísticos han sido respetados y correctamente empleados. Y si, todo ello en música es definitivamente válido, aunque el diccionario de la Real Academia española afirma, que bueno es:
1. adj. Útil y a propósito para algo.
2. adj. Gustoso, apetecible, agradable, divertido.
3. adj. Que tiene bondad en su género.
Por lo que yo volvería a preguntar: ¿Es mala una pieza musical que provoca a la danza y la misma fue creada con ese objetivo? o ¿es mala una obra cuyo texto o melodía arenga, denuncia, agrede, protesta, sueña o llama a la reflexión con toda intención? ¿Qué sucede cuándo dos simples acordes y una cháchara de cuatro palabras llegan a agradar, al punto de que millones no apetecen escuchar otra cosa? Y hago la pregunta aunque se trate de ingenuas víctimas de la industria cultural. ¿Y si esta música fue creada e interpretada con honestidad y quienes la escuchan, la sienten y la creen? Entonces ¿cómo calificar esta música?
Creo que en este saco cabría tanta música como seamos capaces de escuchar. Lo cierto es que en ocasiones no podemos resistir la tentación de sentenciar, etiquetar, definir y decidir en nombre del género humano. Sucede que en las cuestiones como la estética, el análisis debe ser mucho más profundo, hay que partir de otras dos preguntas: ¿Para quién es buena esa música? ¿Por qué es buena esa música?
La respuesta será definitivamente personal y el resultado: una verdad innegable. La misma música será, buena o mala tantas veces como individuos la escuchen. Verdad perfectamente comprensible a la luz del background histórico y sociocultural del individuo, la personalidad de este y su estado de ánimo y demandas musicales en el momento de escuchar la obra.
Y es que el gusto se ejercita sobre singulares obras de arte o de la naturaleza de las que decimos que son bellas, sin que podamos apelar a leyes generales. Razón que nos aboca al relativismo estético. De esta manera, desde el punto de vista estético, el crítico se verá en la obligación de imponer un criterio para legitimar su valoración estética de determinada pieza a partir de su conciencia estética y de su experiencia estética. Esto se debe a que la fortaleza de la crítica reside en la capacidad de hacer juicios objetivos, pero la objetividad es una cualidad ausente en la relatividad.
Lev Semenovich Vigotsky planteaba en su teoría histórico-sociocultural: “No podemos decir que el individuo se constituye de un aislamiento. Más bien de una interacción, donde influyen mediadores que guían al niño a desarrollar sus capacidades cognitivas. Sucede por así decirlo que el gusto estético también se va a formar en estas interacciones”.
Del mismo modo para I. Novíkova, “la actitud estética del hombre hacia el mundo puede representarse como un sistema elemental de la interacción del objeto con el sujeto en un medio socio-cultural históricamente determinado”.
Otro aspecto relacionado con el estrechamiento del criterio musical en cuanto a lo que es bueno o malo, quizás tiene su raíz histórica, en la simbiosis de la hegemonía político-económica por de más cultural y la pretensión ideológica en ciertos grupos de poder de hacer que esta hegemonía prevalezca, impuesta sobre culturas sitiadas, de ahí según lo distingo, la estratificación o jerarquización de la música.
Se habla de música universal cuando se hace referencia a la música europea, clásica, culta o de élite. Comprender este tipo de música, disertar sobre ella, asistir a conciertos donde esta se interpreta, otorga una imagen elitista, apartada de lo popular, del atraso y de la masa. Como cliché, es la música de la intelectualidad, de los casi nobles, la buena música.
Evidentemente aquí hay un trasfondo histórico-clasista-hegemónico que devela el éxito de esta cultura, que nos llevará a Simmel con sus reflexiones sobre el universalismo y el nacionalismo. En clave de su hipótesis de la ambivalencia sociológica germen del tradicional interés etnológico de la intelectualidad alemana o a Weber y su artículo Fundamentos racionales y sociológicos de la música, que de alguna manera marcan pautas sobre qué es lo correcto en música, y esto por supuesto, desde una perspectiva euro centrista.
En el caso del jazz, el cual emerge de conjunto con los apetitos imperialistas de la gran nación norteamericana, nos brinda la posibilidad de comprender su status actual, al punto de ser considerada la música de y para los músicos, a partir del éxito de la nación que lo gestó.
Evidentemente adorno sociólogo alemán que emigrara a los Estados Unidos por su condición de judío en la Alemania de Hitler y que satanizó al jazz desde que escuchó sus primeros acordes, no comprendió que el ser humano baila al compás del poder y al menos así parece haber sido desde que surgieran las primeras grandes civilizaciones esclavistas (Mesopotamia, Egipto, Roma), quizás porque el ser humano quiere el poder y el éxito para sí, entonces calca fórmulas exitosas y las legítima.
El éxito comercial e internacional de la música cubana en las décadas de los años 40, 50 y 60 estuvo dado, entre otros tantos factores, primero: por el interés que la nación más poderosa del mundo puso en nuestra economía, en nuestras playas, en nuestros casinos, vendiéndonos como un destino ideal para el ocio de los más grandes magnates de la norteña nación y por derivación el éxito que las figuras de la música cubana obtenían en los cabarets de la isla, al punto que nos convertimos en una plaza de legitimación musical. Y en los 60, tal y como sucedió con la música proveniente de la Gran Bretaña, nos erigimos como símbolo de lo nuevo, del cambio, así como la revolución sexual y la paz eran The Beatles, The Roling Stoms y tantísimas bandas más. El futuro para el mundo latino se constituía en la Nueva Trova, Silvio y Pablo.
Volviendo al tema principal. Si bien el estudio académico de la música, amplía el abanico de posibilidades a un compositor, no necesariamente equivale a que su música será por así decirlo buena. Mucha música académica altamente intelectualizada como la música concreta, usa la repetición y la disonancia al máximo; por otra parte, la complejidad intelectual de la misma la deshumaniza y aparta de las primitivas emociones que aun estimula la llamada mala música.
Es cierto que la música más desfavorecida por los criterios academicistas es esencialmente comercial y se entrega de un modo mercenario a los avatares del mercado, pero los músicos de la llamada buena música no están ajenos a las leyes mercantiles por lo que también tratan de adaptarse al menos a las exigencias de la industria que paga y manda. Hoy, por así decirlo los músicos se sienten presionados para complacer al gran público. Pero siempre fue de esta manera, pues en otro momento de la historia los músicos se sentían presionados para complacer a los mecenas. Y hablo de Bach, de Mozart, de Beethoven genios innegables, quienes coqueteaban con su fuerza creativa y el gusto de la nobleza, por lo que debían saber que escribían, para agradar a quienes les facilitarían la vida.
Pero… ¿Quién determina que un tipo de música es buena y otra es mala? ¿Por qué nos dedicamos a clasificarlo todo en función de calidad cuando realmente lo debemos clasificar en cuestión de gustos? En el arte no hay nada que sea bueno o malo, sino que ese algo gusta o no gusta. Nos empeñamos en juzgar toda la creación en función de nuestro gusto. En definitiva, la música es buena o mala, según el gusto de la persona que la escucha, y ese gusto depende de tantas variables culturales y sociales que es imposible ser tajante y definitivo para calificarla.
Habría entonces que abogar porque la gente amplíe su cultura general sobre la música. No con el fin de que se escuche música buena, sino para que escuche también otro tipo de música y se deslastre de esa “música publicitaria” que inventa tendencias con el único y exclusivo objetivo de vender un producto. Cuando una obra existe, es porque como mínimo para una sola persona (digamos a su autor) esta creación a supuesto un momento de inspiración y transmisión de sentimientos.
Como decía líneas atrás, la audiencia de un solo individuo se erige el verdadero decisor de lo que es bueno o malo y a los medios de comunicación les corresponde buscar la forma de mejorar el nivel de esa audiencia. Brindarle diferentes tipos de música y ser capaces de profundizar sobre lo que escucha.
Quiero citar un artículo muy polémico de Aquiles Báez denominado ¿Existe realmente la buena y la mala música?, donde asevera: Deberíamos ir a la ética si lo que queremos es decantar música, porque si fuésemos más éticos en los trabajos musicales, más honestos con la audiencia.
Abriríamos el espacio para la autenticidad, en la busca de una ética que califique los fenómenos artísticos y culturales.
En realidad, la música como arte no se puede calificar como mala o buena, yo la calificaría como honesta o deshonesta, pero aun así no dejaría de ser música y como tal, pura expresión humana allende los textos. Pues la música cambia de acuerdo al entorno en donde uno esté, y así también cambia la forma de asimilar y comprender la música. Por esa razón es ético contextualizar la música que pretendemos calificar al menos para obtener criterios valorativos más justos.
Sé que es muy complicado, pero cuando estemos frente a una pieza musical que nos parezca mala, no debemos dar crédito a tan cosmético criterio, sino retrotraernos al hecho simple de que el autor no ha conseguido que a nosotros nos transmita lo que él o ella pretendían. Se trata, de aceptar la diversidad y ver a la música no como un concepto cerrado, sino como la viera el semiota Rubén López Cano, de La Escuela Superior de Música de Cataluña, en su artículo Semiótica, Semiótica de la Música y Semiótica Cognitiva Enactiva Musical (Manual de un Usuario): Una forma más de pensar.
