Las tiendas, los bancos, las oficinas comerciales y de trámites, las barberías y las peluquerías de mi infancia eran diferentes a muchas de las que existen hoy en la geografía nacional.
Y cuando digo diferentes no me refiero al trato que allí te daban, que era más ético y respetuoso; ni a las colas, que ya se hacían, o al peloteo y los sobornos, que también aparecían, aunque en menor escala.
No me voy a detener tampoco en la inexistencia en esos lugares de entonces de computadoras o cajas registradoras electrónicas, que contradictoriamente “se supone” llegaron para agilizar el servicio y humanizar el trabajo, y la realidad nos revela que el servicio se hace cada vez más lento y deshumanizado.
Quiero hablarles de que las tiendas, los bancos, las oficinas comerciales y de trámites, las barberías y las peluquerías de mi infancia no tenían aires acondicionados.
La mayoría ocupaban establecimientos espaciosos, con amplios ventanales y puertas, como es lógico, siempre abiertas para mitigar el calor de nuestra tropical isla.
Yo tendría más o menos 13 años cuando comenzaron a aparecer las tiendas recaudadoras de divisas con sus estructuras de pecera cerrada, sin vidrieras a la vieja usanza y con puertas que se abrían y cerraban manejadas por un portero siempre presto a revisar la mercancía adquirida.
A trocha y mocha estas cajas de cristal con enormes consolas de aire acondicionado comenzaron a sustituir a las viejas tiendas, que fueron cediendo sus locales, para responder a la urgencia del país de recaudar las divisas que entraban por las remesas y otras vías.
La carpintería de aluminio y cristal, más duradera que la madera, se puso de moda e invadió los terrenos de otras oficinas que ofrecían servicios vitales a la población. Así la geografía comercial se inundó de peceras, algunas sin siquiera un simple ventanal.
Pero esas peceras preparadas para permanecer cerradas con climatización permanente, hoy se debaten entre la necesidad de apagar los aires acondicionados durante algunas horas para ahorrar electricidad y la insatisfacción que provoca esa situación en los clientes.
Y es que, por los enormes gastos que provocan por concepto de electricidad la mayor parte de los centros comerciales, los bancos y otras oficinas, sus planes de consumo de energía eléctrica han tenido que reducirse.
La medida, tomada desde hace años en Cuba, tiene el propósito de ahorrar electricidad en el sector empresarial y evitar así los apagones en el residencial, lo cual es aplaudido por la población.
Sin embargo, cuando esas mismas personas que entienden y aprueban las medidas de ahorro, entran a una tienda, de esas construida a modo de pecera, a las 12 del mediodía en pleno agosto y esta tiene el aire apagado, no pueden evitar sentir malestar y falta de oxígeno.
Cuando un cliente llega a un lugar donde deben brindarle un servicio de calidad y este se encuentra cerrado y sin aire, de entrada el servicio es malo. A esto se suma que puede recibir además el maltrato de los trabajadores, que también sienten malestar por las condiciones infrahumanas en que laboran.
En algunos locales, cuando se ven obligados a apagar los aires, abren alguna ventana, si existe; pero otros, como algunas tiendas y bancos, no pueden hacerlo, por cuestiones de seguridad.
En las tiendas, sobre todo, se habilitan ventiladores para las tenderas, que al menos en la dos o tres horas que dura el autoapagón, pueden refrescarse. Pero son solo para ellas, los clientes deben sufrir todo el tiempo el calor sofocante.
Hay administradores que manejan el plan de electricidad de manera inteligente para afectar lo menos posible a los consumidores, distribuyendo el ahorro a lo largo del mes, apagando una consola o ahorrando también por otros conceptos.
Pero hay otros sitios donde los aires siempre se apagan en el horario pico del mediodía, y al parecer no tienen una solución a la mano para revertir esta situación que incomoda a todos.
La primera que se me ocurre es que tal vez nunca debimos acogernos a la moda de estas estructuras de peceras, que nada tienen que ver con nuestro clima, que además resultan vulnerables en un entorno afectado por ciclones y haber mantenido las tiendas y oficinas con ventanales enormes, a la manera de los trópicos.
Pero a esta altura ya no es posible ni económico reacomodar todos esos lugares. Así que lo otro que se me ocurre es que podrían, al menos, convertir en ventanas algunos de los cristales sellados que dan a la calle, teniendo en cuenta que no podemos, ni podremos, en el corto o mediano plazo, darnos el lujo de gastar la electricidad necesaria para mantener encendidos todos los aires de todas las tiendas, bancos y oficinas del país.
Lo demás está en la inteligencia y la sensibilidad de quienes dirigen esos establecimientos, y en su capacidad para ajustar de manera adecuada las necesidades de ahorro sin afectar la calidad del servicio, algo que es complejo pero no imposible.
Habría que eliminar también a la hora de hacer planes de ahorro de electricidad el igualitarismo, y tener en cuenta las condiciones de cada lugar, la productividad, el servicio que brinda y la cantidad de clientes que asisten.
Cuando se apagan todos los aires de una pecera no solo se está afectando la calidad del servicio, sino algo más serio, la salud de los trabajadores que son quienes más expuestos se encuentran a esas condiciones.
La decisión de apagar esos grandes consumidores que son los aires acondicionados en aquello lugares que más gastaban estuvo bien como medida emergente para ahorrar en un momento, pero teniendo en cuenta cuánto se ha extendido en el tiempo, deberían buscarse ya otras soluciones que no afecten los servicios.
Es hora de ir eliminando ya esos locales acondicionados sin aire en nuestra Cuba tropical: encendamos los aires o abramos las peceras.


