Trump es un genio, pero…

El inquilino de la Casa Blanca amenaza con dar marcha atrás a los avances en las relaciones Cuba-Estados Unidos

El presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, promedia 5,6 mentiras por día, según un estudio de The Washington Post.

“A solo 10 días de terminar su primer año como presidente —revelaba el diario norteamericano—, Trump ha realizado dos mil una declaraciones falsas o engañosas en 355 días, según nuestra base de datos que analiza, categoriza y rastrea cada declaración sospechosa emitida por el presidente. Eso es un promedio de más de 5,6 aseveraciones por día”.

Eso basta para calificarlo como un mitómano, pero el sociólogo, columnista y activista social Max J. Castro comenta en Progreso Semanal del 16 de enero que no son mentiras comunes, privadas, sino “las mentiras que valen y que Trump dice son acerca de importantes cuestiones nacionales e internacionales. Estas mentiras son públicas, políticas, partidistas y consecuentes”.

Max advierte que ese tipo de mentiras puede provocar guerras nucleares, comerciales o ambas.

Trump —quien se autocalifica de genio estable—, no se conforma con mentir personalmente y va más allá, al apoyar con declaraciones y hechos, falacias creadas por otros, con abyectos fines.

Con respecto a Cuba, sus “genialidades” consisten, básicamente, en desmontar los tímidos avances hacia una relación civilizada y pacífica, resultado de una política inteligente de su antecesor y volver a empuñar el garrote con el cual una decena de administraciones trataron inútilmente de someter a los cubanos.

Lo hace para complacer al grupito mafioso que lo extorsiona desde el Congreso con la amenaza de dejar de protegerlo de los cuestionamientos relacionados con irregularidades de su campaña y con otros trapitos sucios que pudieran conducirlo a la defenestración.

Así funcionó la mafia desde sus propios orígenes, brindando “protección”, o sea, aplazando hasta el próximo cobro la acción represiva de sus sicarios y los mafiosos siguen haciéndolo así, a pesar de haber sumado otros muchos “negocios”.

Trump basa su política hacia Cuba en las insostenibles falacias fabricadas por la industria anticubana, actualmente encabezada por Marco Rubio y algunos otros congresistas estadounidenses.

Tal es el caso de los increíbles y sobradamente desmentidos “ataques” a diplomáticos de los Estados Unidos en La Habana.

Con ese burdo pretexto la Casa Blanca ha cumplido la exigencia anticubana de desmontar, en la práctica, la embajada norteamericana en Cuba, que sigue estando ahí, frente al malecón habanero, pero no cumple ninguna función, ni siquiera las que asumía cuando era oficina de intereses.

El propósito es viciar al máximo las ya de por sí tensas relaciones bilaterales, retomar la política de confrontación, sin importar las consecuencias negativas que esto tendrá para ambos países y para la región.

Pero ¿qué pueden preocuparle a Trump las relaciones de los EE. UU. con el resto del mundo, con esos “agujeros de mierda”, como Haití, El Salvador y los países africanos?

Tampoco le interesa respetar a México, que “nos envía a la gente que tiene muchos problemas, que trae drogas, crimen, que son violadores”.

Más allá, asegura que: “prohibir el ingreso de los musulmanes a los Estados Unidos es algo de sentido común”.

Y demuestra su “brillante” sentido común también cuando afirma que EE. UU. “es un país en el que hablamos inglés, no español”, porque no le importa que los hispanohablantes constituyan una gran parte de la población en esa nación.

Los reiterados exabruptos xenófobos y racistas del inquilino de la Casa Blanca han merecido enconadas respuestas desde todos los confines del planeta.

En Puerto Rico, el senador independiente José Vargas pidió al Congreso estadounidense una moción de censura contra Trump y el diputado boricua Denis Márquez afirmó en San Juan que el desprecio mostrado por él hacia los latinoamericanos y africanos es comparable al maltrato proyectado hacia los puertorriqueños.

Incluso el ex subsecretario de Estado norteamericano Nicholas Burns opinó que el lenguaje inconcebiblemente ofensivo de Trump representa una desviación negativa de 70 años de política exterior desarrollada por mandatarios republicanos y demócratas.

¡Imagínese usted la gravedad del caso, cuando supera los precedentes sentados por Nixon, Reagan, los Bush..!

El vocero de la Oficina del Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Derechos Humanos, Rupert Colville, estimó que los comentarios de Trump atentan contra los valores universales.

Políticos demócratas y republicanos también condenaron los “desagradables”, “racistas” y “divisivos” comentarios del presidente de los EE. UU., como expresó Mia Love, la primera mujer afroamericana del Partido Republicano en ser elegida para el Congreso y cuyos padres emigraron de Haití en 1973.

Trump tuvo que someterse a un diagnóstico médico para tratar de contrarrestar las persistentes sospechas sobre su salud mental. El equipo —pagado por la Casa Blanca— concluyó que el mandatario goza de excelente salud.

Sin embargo, Charles M. Blow, columnista de The New York Times, escribe: “No soy médico”, pero “mentiría si no reconociera que algunos comportamientos del presidente cuadran con los síntomas de una persona que sufre desorden mental”.

Argumenta que el hecho de que el magnate haya conseguido construir un imperio financiero no implica que sea un genio o esté dotado de inteligencia.

Pero que el presidente de EE. UU. no sea particularmente inteligente no es lo más preocupante, subraya, “mientras su inestabilidad mental si lo es, y ese es nuestro mayor problema: la persona al mando del país es impetuosa, frágil, hostil, irracional, intencionalmente desinformada, y semianalfabeta”.

Blow advierte que el comportamiento del mandatario está causando un daño irreparable y acusa a los republicanos y los miembros de la administración Trump por no velar por los intereses de la nación al defenderlo, excusarlo, protegerlo y absolverlo.

Por su parte, Jonathan Freeland, de The Guardian, considera que “las últimas revelaciones demuestran —otra vez— cómo de vil, narcisista y peligroso es el hombre que ocupa el despacho oval, el cual, entre otras cosas, posee una autoridad total sobre el arsenal nuclear más poderoso del mundo”.

Vittorio Zucconi, escritor y columnista italiano de La Repubblica, afirma no tener dudas de que “el Rey Donald está loco” y que estamos presenciando una tragedia shakesperiana en toda regla.

Fundamenta que, tras la publicación del libro Fire and Fury: Inside the Trump White House, del periodista Michael Wolff, “Trump ha acudido inmediatamente a su terapeuta, su salvavidas personal siempre que se siente alterado: Twitter”, y quizá –subraya– esa reacción es lo que realmente debería preocuparnos, ya que solo una persona con serios problemas de salud mental puede actuar de esta forma.

“Además, si Trump realmente fuera un genio, no necesitaría clamarlo en las redes sociales. No cabe olvidar que el magnate tiene a su disposición el botón rojo más grande del mundo, advierte: “Porque así se lo dijo a Kim Jong-un (presidente de la República Democrática de Corea): mi botón es más grande que el tuyo”.

Donald Trump dice que no miente, no es racista, goza de excelente salud física y mental, es un “genio estable”, y los que piensen lo contrario —el resto de la humanidad—, están muy equivocados.

Lo cierto es que, sin necesidad de acudir a un diagnóstico médico, solo con un vistazo a sus hechos y dichos en tan solo un año de mandato se puede asegurar que si Donald Trump es un genio, será un genio del mal.

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