
Cartel de los II Juegos Centroemericanos y del Caribe. Imagen tomada de Trabajadores.cu
La Habana fue escenario de los II Juegos Centroamericanos, del 15 de marzo al 5 de abril de 1930. La tiranía machadista se esforzó para ser el teatro de la justa con el objetivo de usarla como cortina de humo que ocultara sus desmanes.
No era la primera vez que el deporte era convertido en droga contra los pueblos; tampoco sería la última, tanto en la base como en la cima. Recuerden el Mundial de Fútbol de 1978 de decisión final controvertida, usado por los gorilas de la dictadura militar argentina para intentar tapar sus crímenes con los gritos de ¡goooooool!
Muy cerca del estadio principal estaba uno de los centros de tortura y asesinato más terribles de esa dictadura.
El machadato se movió “sabroso” y secuaces del “Asno con Garras” visitaron varios países para invitarlos y motivar los deseos. Incluso, el desgobierno destinó los busques Cuba y Patria para trasladar buena parte de las delegaciones.
En la capital cubana actuaron representantes de México, Panamá, Puerto Rico, Costa Rica, Honduras, Jamaica, El Salvador, Guatemala y la comitiva anfitriona.
Esas naciones pugnaron en atletismo, béisbol, fútbol, esgrima, tenis, natación y tiro (todos al saco de la sede) y baloncesto y clavados, de dominio azteca. Los cubanos encabezaron el medallero con 28 preseas de oro, 19 de plata y 21 de bronce, seguidos de los mexicanos (12-18-10) y los istmeños (4-1-5). No contienden las mujeres a pesar de la convocatoria oficial, aunque hubo una exhibición de cuatro tenistas del patio.
¡Los más destacados!
Brillo especial para el habanero Ramón Fonst Segundo: el mejor en espada y florete, con 21 triunfos sin revés, además de no recibir ni un toque. También llevaba un paso arrollador en sable cuando una lesión en el tobillo le impidió continuar. Tenía entonces 47 años.
Otro que acarició la gloria fue el cubano Leonel “Bebito” Smith, ganador de los 400 y los mil 500 metros estilo libre. Igualmente integró el cuarteto victorioso en el relevo de esa modalidad, junto a Gonzalo Silverio, Cosme Carol y Pablo la Rosa, este último el más rápido en la piscina al imponerse en los 100 del estilo libre. No se quedó detrás el tirador azteca Federico Mariscal, vencedor en plataforma y trampolín de uno y tres metros, respectivamente.
En las carreras sobresalió Reginald Bedford, de Panamá, titular en 200 metros (22,2 segundos) y en la vuelta al óvalo (49,6), a lo que sumó bronces en el relevo corto y en la prueba reina.
El más veloz en la pista fue el cubano Alberto Torriente, al cronometrar 11,1 segundos, con su coterráneo José Acosta como rival más potente. No tomaron el tiempo al segundo y tercer puesto de la especialidad.
En el cambio de batón 4×100 vencieron Torriente, Conrado Rodríguez, Acosta y Julio Seino con 43,4. En la posta de relevo largo llegó un histórico bronce guatemalteco: Palarea, Hernández, Dustin y Lara, con la cuarteta mexicana en la cumbre, conformado por Álvarez, De Anda, Iturbe y Moralla. El subtítulo quedó en manos de la sede: González, Gutsens, Suárez y Gómez como protagonistas.
¡Zuuuuuuuuum…! ¡Cuidado, ahí viene el indio Felipe Jardines! Al final, doblete para la tierra de los mariachis en 5 mil y 10 mil. No se programó el maratón. Fernando Navarro (Panamá) no se contentó con la corona de los 100 con vallas (15,6) y logra el cetro en salto largo con 6 metros y 72 centímetros.
El cubano Adalberto Fernández fue el dueño del pentatlón al obtener tres mil 051 puntos y su compatriota Porfirio Espinosa, toletero beisbolero, muestra su punch con la jabalina con lanzamiento dorado de 50 metros y 57 centímetros. Ya había ganado la pelota.
El tercer clásico de este tipo lo acogió San Salvador, en 1935. Antes los pondré en contacto con un ser humano extraordinario, Pablo de la Torriente Brau, quien cubrió como periodista la lid efectuada en La Habana. El humo no le evitó llegar lejos con la vista, observar más que ver. Ya lo comprobarán en el próximo texto de esta serie.
