15 de agosto de 2021

Entre la gloria deportiva y Girón: Nelson Fernández no puede morir (I)

Peloteros que juegan en el estadio principal de San José de las Lajas, provincia de Mayabeque, sus guías físicos y mentales; los que aplican la justicia sin vendarse los ojos, ahogando cualquier parcialidad; los del mantenimiento, los de la cocina; periodistas; aficionados, que asisten a esos encuentros provistos de aplausos y visión crítica, tengan siempre presente el nombre de la instalación: Nelson Fernández, y háganlo refulgir más allá de las lides del músculo, donde quiera que actúen.

El lajero Nelson Fernández es el más joven de los caídos frente a los mercenarios pro yanquis, que intentaron regresarnos a la esclavitud.

Artillero contra el invasor, defensor del cielo y de la tierra de la patria, cazando a los aguiluchos frente a la violencia de la maldad, la necesaria de los martianos. Intercambio de fuego. Hacia abajo va envuelto en llamas un avión de los malditos. Otro de esos aparatos, muy averiado, tiene que regresar a su base. Son nuestros “niños héroes” rechazando la ofensiva rival.

¡Han herido a Nelson! Los compañeros, hacia su cuerpo lacerado. Camilla, médicos, a salvarlo. ¡No puede morir: solo tiene 14 años! Mas las heridas infligidas por la metralla yanqui de un avión yanqui, piloteado por un yanqui, amenazan con arrebatárnoslo.

Agoniza en su lecho hospitalario. La madre al lado. Y este ser humano tan humano saca fuerzas para despedirse con esta frase muy cubana: Mami, ¡esto es de Patria o Muerte…Venceremos!

Recuerden que ese pino nuevo derribado a destiempo era uno como vosotros y, sobre todo, que ofrendó su existencia por nosotros.

¿Qué hubiera sido? ¿Deportista, maestro, militar, médico, tabaquero, dirigente, periodista, gastronómico, ingeniero, abogado, agricultor, literato, científico o músico?

Los antihumanos destrozaron en él, y no solo en él, aspiraciones y posibilidades beneficiadas por lo que comenzábamos a construir, y que protegió a costa de su propia existencia.

Peloteros, directores, entrenadores, doctores, árbitros, trabajadores administrativos, estadísticos, comentaristas, cronistas, los amantes del béisbol, no pueden dejar morir a ese muchacho.

Llévenlo con ustedes a todas las batallas, cual bandera al frente de un batallón de Antonio Maceo y Máximo Gómez. Que flote para todos. Nos hace mucha falta.

La guerra no ha terminado: todavía existen fuerzas externas e internas que la hacen hasta en lo cotidiano. Por las redes sociales, sin ser el único camino, hay mercenarios que tratan de invadirnos de nuevo.

Ahora, con balas-mentiras, balas-desesperanzas, balas-desunión, tratando de que la genialidad de los adelantos tecnológicos nos dominen y no nosotros a ellos, como debe ser. Dominio aquel que socava, facilita la vileza, abre senderos para acometimientos bestiales.

Neguemos dialécticamente de la trascendental creación, eliminemos el asalto de lo superficial, su uso para delinquir, falsear, vigilar, fertilizar ilegalidades y destruir lo digno.

Que sea arma arrebatada al enemigo para utilizarla contra él, al estilo de lo que hacían los rebeldes con las huestes batistianas. Urge elevarla en contenido y forma.

Si nos atacan por ese medio o con videos, canciones, pinturas, artículos, narraciones, respondamos por esas mismas vías, creadores y creíbles, la ética enlazada muy firme con la estética. Lo señaló José Martí: “La verdad llega más pronto a donde va cuando se la dice bellamente…”

Nelson Fernández es mucho más que un estadio o un deporte: tiene que seguir combatiendo.

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