La miseria suena cual bongó fuera de ritmo a este muchacho de algo más de 14 años, nacido el 8 de enero de 1914, en La Habana: Isidro Díaz Gener.
No es el único sonado por aquí y por allá, entre la gente de abajo. La familia se había mudado de Sagua La Grande, Villa Clara, para La Habana tiempo atrás, para ver si le ganaba la partida a la pobreza.
No lo consigue. Siendo un adolescente, está obligado a despedirse de su escuela pública. Debe trabajar. Las matemáticas le sirven para saber lo ganado limpiando zapatos o por la venta de las publicaciones que pregona a gritos.
Mejora algo en medio de esa historia: ahora los numeritos le ayudan a saber lo sacado a dulces y caramelos de su tablero. Sabe provocar lo goloso en quienes antes eran sus condiscípulos, que inventan los quilitos para adquirir, aunque sea, un matahambre para la merienda.
Le va bien en lo que cabe: abarca nuevos clientes, lleva sus peseticas para el hogar, donde ronda el temor de no poder pagar el alquiler y quedarse sin donde vivir, con los muebles botados para la calle antes de terminar en los fosos, después de coger sol y sereno al duro, mientras tratan de inventar y levantar.
Le ha ido mejor hoy. El tablero ha quedado vacío, convertido en la ganancia que le alegra el bolsillo. Un grandote que le saca años, libras y pulgadas, intenta quitarle el dinero. El agredido esquiva y clava derechas e izquierdas sobre la anatomía del ladrón.
Mareado, acobardado, huye el bandido.
Un hombre que estaba presto a ayudar al adolescente, quien no le dio tiempo por la rapidez de la contraofensiva, le aconseja: “Negro, tú tienes condiciones para salir de la mala situación y de tanta vendedera: métete a boxeador”.
Se aferra a ese cabo. Su paso por el amateurismo es victorioso y breve. A ganarse los frijoles a trompadas. Aunque coge golpes, da muchos. No es una estrella, más valiente y resistente que técnico, nunca defrauda al público y a los promotores.
Welter, conocido entre las cuerdas como Isidro Delgado, va tirando. Su “puntería” lo conduce a cuadriláteros de Argentina, Portugal, Francia y España. En Barcelona lo noquea el amor: se casa y fija residencia. Allá lo agarra la sublevación derechista. Lo mejor de sus orígenes también.
El dolor lo desgarra: un bombardeo de los fascistas lo deja sin su gallega. No se amilana; es un defensor activo de la República. Sobre el ring recolecta dinero para el frente. Logra lo mismo al torear en Barcelona, Madrid, Valencia, donde, también con el mismo fin, baila fandango, y gana otro sobrenombre: Fandanguillo.
Desea darse entero. Ingresa en el Quinto Regimiento, participa en los combates de Alcañiz, Montalbán, Martín del Río, Belchite, Teruel. Por su valor y los resultados, lo ascienden a teniente de ametralladoras, en la columna Luis Companys.
Hacia la encarnizada Batalla del Ebro. ¡Camaradas, le han dado al boxeador! Muchos años después, Díaz Gener recordará: “Me salvaron la vida aunque, como resultado de la lesión en la pierna, mi carrera deportiva terminó”.
Lesiones mayores sufre la guerra del pueblo hispano contra los fascistas. Demasiados errores: dogmatismo, deslealtad, ingenuidades incluso, retirada de los voluntarios.
Isidro, como muchísimos internacionalistas, padece los rigores de los campos de concentración, la otra cara de la moneda falsa de la neutralidad francesa. La vida lo cobrará: las botas nazis hollarán la nación gala. Como siempre, los errores de los gobiernos son pagados por las masas.
Fandanguillo pasa por el de Argelés-sur-Mer; lo trasladan al de Gurs. La herida se le infecta, hasta tiene gusanos. Ni soñar con la atención médica. La muerte cercana. Lo salva la solidaridad internacional: él y centenares de sus compañeros retornan a sus respectivas patrias, en mayo de 1939.
En Cuba, los reaccionarios no lo dejan tranquilo: es vigilado, no le dan trabajo. Al fin, obtiene un puesto humilde en el Departamento de Giro Postal de la Intendencia General de la República.
Ante el golpe del 10 de marzo de 1952, responde con una protesta romántica, pues no resuelve los problemas, pero muestra el alma del exatleta: renuncia a su empleo.
“Para este gobierno no trabajo: prefiero morirme de hambre”, asegura. Involucrado en acciones opositoras, vigoriza su esperanza. Cree en Fidel, en los moncadistas; fe enorme en los barbudos, cuando la insurrección deviene victoria, entre los fundadores de las milicias.
Toma otra vez el fusil para enfrentar a los peleles de los imperios. Se bate duro contra los invasores en Playa Girón. “Ahora sí que no pasarán, me dije. Y no pasaron”, comenta enlazado a la sonrisa de la victoria.
Integra la Policía Nacional Revolucionaria y, con posterioridad, es masajista en el Instituto Técnico Militar.
El patriota e internacionalista, Isidro Díaz Gener, Fandanguillo, doble patriota entonces, al jubilarse, termina sus días atendido por su familia, en Sagua la Grande. No es el único que peleó en España y noqueó en Girón.

